jueves 23 de abril de 2009
La porra
¡Qué buen momento es éste para meterse con el alcalde! Y con los concejales. Y con el Partido Popular. Y con su secretaria general, que no deshace ni un solo entuerto, lo monte Fabra, Aguirre, Gallardón, Valera o Chiquito de la Calzada. Pero el alcalde me cae bien y me parece que ya debe de estar lo bastante arrepentido de haberse postulado para el puesto como para que venga yo a recordárselo. En los bares se comenta que después de haber deshecho todo lo que habían empezado los de antes, los nuevos (o sea, éstos) van y se paran. O bien lo que ocurre es que llevan con mucho sigilo lo que sea que estén haciendo con los viejos y nuevos proyectos para la ciudad (que seguro tienen que llegarán a viejos: en eso larga es la ventaja que nos llevan a los mortales). Nada se sabe de lo de Carretería, la plaza del Mercado, los remontes, el 2016, la vía rápida entre La Estrella y MacDonald´s, el carril bici (¿o fue el parking-bici lo que se prometió?)... y la confianza de la ciudad en sus líderes. Para una cosa, en fin, que se deciden a hacer, incluso sin que estuviera previsto que lo hicieran, quedan mal entre ellos y resuelven la disputa como niños de colegio, sacándose la lengua y chivándose al maestro. ¡Qué momento para meterse con el alcalde y con los suyos (suponiendo que lo sean)! Pero es mejor no hacerlo y dejarlo estar porque ahora la ciudad está entretenida con la porra que ya se ha empezado a montar en algunos bares. Se trata de apostar si el alcalde llegará al final o habrá antes cambios en eso que se llama la correlación de fuerzas en el consistorio.
jueves 16 de abril de 2009
Pensamientos vagos
Publicada el 10 de abril de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Hasta hace poco, cuando iba reconcentrado en mis cosas y no quería que me distrajera el mundo exterior, caminaba por la calle sin gafas. Los jóvenes lo hacen sin oídos y se pierden el canto de los pájaros y las bocinas de los coches que están a punto de atropellarlos. Yo solamente me perdía el detalle de las cosas pero nunca puse en riesgo mi vida ni dejé de percibir las que eran realmente importantes. Me pareció una forma de convertir un defecto en una virtud. Sin duda, pues, una maniobra inteligente digna de mí. Pero las gafas progresivas que acabo de estrenar lo complican todo. Ahora las cosas en las que debo ir siempre muy concentrado no son otras que ver y hacerlo con la suficiente solvencia como para medir adecuadamente la altura de los bordillos, la cercanía de las farolas y la proximidad de las jóvenes, que pueden creerse que en lugar de presbicia tengo rijo. Mal adelanto me parece este, que me ha hecho perder mi habitual donosura en el mirar y me obliga a hacerlo con gesto aviesado, de forma tal que pasan ya de la docena los amigos que han dejado de serlo, ofendidos por los ojos esquinados que les dedico. Cuando descubro que si no las miro bien, las letras son manchas desdibujadas y -cosa nueva- oscilantes como la cubierta de un barco en tarde de tormenta, me veo de nuevo en la ocasión de convertir el defecto en virtud. He corrido a la librería y me he comprado las obras completas de Kant. Ahora paseo con el librote por doquier, me siento en una cafetería y paso por ser uno de los personajes más intelectuales de la ciudad cuando lo cierto es que mientras me tomo el café aprovecho para hacer lo que hacía antes mientras paseaba sin gafas: perderme feliz en mis pensamientos vagos.
Hasta hace poco, cuando iba reconcentrado en mis cosas y no quería que me distrajera el mundo exterior, caminaba por la calle sin gafas. Los jóvenes lo hacen sin oídos y se pierden el canto de los pájaros y las bocinas de los coches que están a punto de atropellarlos. Yo solamente me perdía el detalle de las cosas pero nunca puse en riesgo mi vida ni dejé de percibir las que eran realmente importantes. Me pareció una forma de convertir un defecto en una virtud. Sin duda, pues, una maniobra inteligente digna de mí. Pero las gafas progresivas que acabo de estrenar lo complican todo. Ahora las cosas en las que debo ir siempre muy concentrado no son otras que ver y hacerlo con la suficiente solvencia como para medir adecuadamente la altura de los bordillos, la cercanía de las farolas y la proximidad de las jóvenes, que pueden creerse que en lugar de presbicia tengo rijo. Mal adelanto me parece este, que me ha hecho perder mi habitual donosura en el mirar y me obliga a hacerlo con gesto aviesado, de forma tal que pasan ya de la docena los amigos que han dejado de serlo, ofendidos por los ojos esquinados que les dedico. Cuando descubro que si no las miro bien, las letras son manchas desdibujadas y -cosa nueva- oscilantes como la cubierta de un barco en tarde de tormenta, me veo de nuevo en la ocasión de convertir el defecto en virtud. He corrido a la librería y me he comprado las obras completas de Kant. Ahora paseo con el librote por doquier, me siento en una cafetería y paso por ser uno de los personajes más intelectuales de la ciudad cuando lo cierto es que mientras me tomo el café aprovecho para hacer lo que hacía antes mientras paseaba sin gafas: perderme feliz en mis pensamientos vagos.
viernes 10 de abril de 2009
José Blanco
Publicada el 10 de abril de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Durante los últimos años me he preguntado de qué manera se ganaba el sueldo José Blanco. Siendo un hombre de ocupación pública lo único que se le conocía era que despotricaba cada mañana contra el partido de la oposición, como si el PP no tuviera con ello suficiente desgracia. A la vez que me ha parecido misterioso que a alguien con tan poca esgrima verbal y tan poca fotogenia le puedan pagar por un trabajo así de tonto, me ha parecido lamentable que los medios de comunicación pusiesen cada mañana a una unidad móvil al servicio de semejante bobada, como si no ocurriese nada más importante en el país. La cuestión es si el sueldo de Blanco tenía un rubro de productividad y dependia del número de veces que cada mes se reproducían sus palabras en los medios de comunicación. De ser así, quizás los medios lo conocían y le hacían el favor a cambio de publicidad institucional de los ministerios del gobierno. Ahora que Blanco tiene algo que hacer todas las mañanas, espero sinceramente que su papel no lo ocupe nadie. Lo espero por el bien de todos y por la autoestima de los periodistas, aunque me parece que Pajín tiene ganas de ser la nueva voz que nos explique cada mañana por qué no tenemos que creer a Rajoy. En todo caso, supongo que el nuevo ministro podrá sacudirse la fuerza de la costumbre y no convocará cada mañana a la prensa para contar cómo van los trámites del AVE a Galicia, que seguro que será su contribución a que salgamos de la crisis.
Durante los últimos años me he preguntado de qué manera se ganaba el sueldo José Blanco. Siendo un hombre de ocupación pública lo único que se le conocía era que despotricaba cada mañana contra el partido de la oposición, como si el PP no tuviera con ello suficiente desgracia. A la vez que me ha parecido misterioso que a alguien con tan poca esgrima verbal y tan poca fotogenia le puedan pagar por un trabajo así de tonto, me ha parecido lamentable que los medios de comunicación pusiesen cada mañana a una unidad móvil al servicio de semejante bobada, como si no ocurriese nada más importante en el país. La cuestión es si el sueldo de Blanco tenía un rubro de productividad y dependia del número de veces que cada mes se reproducían sus palabras en los medios de comunicación. De ser así, quizás los medios lo conocían y le hacían el favor a cambio de publicidad institucional de los ministerios del gobierno. Ahora que Blanco tiene algo que hacer todas las mañanas, espero sinceramente que su papel no lo ocupe nadie. Lo espero por el bien de todos y por la autoestima de los periodistas, aunque me parece que Pajín tiene ganas de ser la nueva voz que nos explique cada mañana por qué no tenemos que creer a Rajoy. En todo caso, supongo que el nuevo ministro podrá sacudirse la fuerza de la costumbre y no convocará cada mañana a la prensa para contar cómo van los trámites del AVE a Galicia, que seguro que será su contribución a que salgamos de la crisis.
jueves 2 de abril de 2009
Deudas y ruinas
Publicada el 3 de abril de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
El mundo se divide entre los que pueden deberle a un banco doscientos millones de euros y los que no. Los primeros son prohombres de la sociedad, gente valorada por casi todos, tenida en cuenta en los protocolos, necesitados de secretaria, conductor y una cohorte de mandos intermedios. Los administradores de los bancos comen y cenan con ellos. Los segundos son gente condenada a trabajar y a mirar dónde la pescadilla tiene mejor precio. De estos segundos los administradores de los bancos no se fían y cuando llevan dos letras sin pagar la hipoteca, mandan a sus huestes a ver a la justicia y consiguen que les quitan el sueldo, la casa y las joyas de la suegra. Si sucede que el banco se arruina es siempre por culpa de los primeros, como bien sabe quien lea los periódicos. Lo lógico sería que a los que administraron el banco y a los que aconsejaron cómo hacerlo se les pidiese alguna cuenta, alguna casa, alguna joya de la suegra. Pero ocurre que su destino suele ser, el de los unos, marcharse a administrar otra ruina, y el de los otros irse a cobrar por nuevos e inútiles consejos. Tampoco pagan el desaguisado los que deben los doscientos millones (que los administradores calificaron de incobrables: bien lo saben ellos, puestos que comen y cenan juntos) sino los que tienen que mirar el precio de la pescadilla, que por eso son gente de poco fiar.
Vistas así las cosas, lo que me sorprende es que los antisistema sean la minoría que quiere pegarle fuego a Londres y no usted y yo... si es que usted, claro, es de los que miran el precio de la pescadilla.
El mundo se divide entre los que pueden deberle a un banco doscientos millones de euros y los que no. Los primeros son prohombres de la sociedad, gente valorada por casi todos, tenida en cuenta en los protocolos, necesitados de secretaria, conductor y una cohorte de mandos intermedios. Los administradores de los bancos comen y cenan con ellos. Los segundos son gente condenada a trabajar y a mirar dónde la pescadilla tiene mejor precio. De estos segundos los administradores de los bancos no se fían y cuando llevan dos letras sin pagar la hipoteca, mandan a sus huestes a ver a la justicia y consiguen que les quitan el sueldo, la casa y las joyas de la suegra. Si sucede que el banco se arruina es siempre por culpa de los primeros, como bien sabe quien lea los periódicos. Lo lógico sería que a los que administraron el banco y a los que aconsejaron cómo hacerlo se les pidiese alguna cuenta, alguna casa, alguna joya de la suegra. Pero ocurre que su destino suele ser, el de los unos, marcharse a administrar otra ruina, y el de los otros irse a cobrar por nuevos e inútiles consejos. Tampoco pagan el desaguisado los que deben los doscientos millones (que los administradores calificaron de incobrables: bien lo saben ellos, puestos que comen y cenan juntos) sino los que tienen que mirar el precio de la pescadilla, que por eso son gente de poco fiar.
Vistas así las cosas, lo que me sorprende es que los antisistema sean la minoría que quiere pegarle fuego a Londres y no usted y yo... si es que usted, claro, es de los que miran el precio de la pescadilla.
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