"La felicidad de un niño cuesta, hoy, dos euros». Así empezaba yo mi columna el último viernes de la Feria de San Julián de 2004. Cinco años después tendría que escribir que la felicidad de un niño cuesta tres euros y medio. Lo descubrí la otra noche, mientras paseaba con unos amigos por el ferial de siempre, teniendo como testigos los hierros arrinconados e incomprensibles de la penúltima astracanada municipal. La prensa mostraba el día siguiente los testimonios amargos de los feriantes, que se quejaban de que lo que hicimos nosotros lo hacían todos los demás: entrar, mirar, pasear y marcharse sin gastar nada. Decía yo hace cinco años que asistir a Machbet (que se representó en aquellas mismas fechas) era diez veces más barato que subir a un pequeñuelo al coche de bomberos y no quería ni hacer cuentas de lo muy barato que resultaba la extravagancia de comprar un libro. La crisis de este tercer año sin ferial pseudomoneo (nada se hace en Cuenca cuando está previsto salvo las ruedas de prensa de los políticos para fijar las fechas que se incumplirán con puntualidad) nos ha dejado sin Machbet y dicen los feriantes que a ellos sin ingresos. Pero si se hubiese multiplicado por 1.75 desde 2004, como la tarifa del feriante, el salario mínimo estaría ahora en 805 euros y no en 624 (y ello gracias a que Zapatero ha subido el SMI por encima del IPC, porque con Rajoy-Pizarro estaría por debajo de los 535 euros) y si la tarifa del tiovivo se hubiese ajustado al IPC sería de 2.32 euros y no de 3.50. En fin, que la felicidad de los niños se ha encarecido mucho desde mi columna de 2004: un 50%.
jueves 27 de agosto de 2009
viernes 21 de agosto de 2009
El tentempié
Publicada el 21 de agosto de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Una señora acaba de tomarse un desayuno (eso que se llamaba almuerzo cuando a la comida aún se la llamaba comida y no almuerzo) en la barra de un bar para fumadores. Como todos. Conversaba con la persona con que había compartido el ratito de colación y, muy educada, mantenía el brazo derecho en alto. Digo lo de muy educada porque en la mano situada al extremo del brazo sostenía un cigarrillo encendido y esa disposición del fumable hacía que el humo se expandiese hacia la derecha de la desayunante/almorzante, fuera, por lo tanto, del círculo que formaba con su acompañante. El cortés comportamiento, empero, me ignoraba a mí, que estaba situado a su derecha, no por placer sino por el imperativo de ser ese el único lugar del bar donde el camarero podía servirme mi tentempié matutino, con el resultado de que todo el humo generado por el ducados vino a parar a mis alrededores y una cierta parte a mis pulmones. Un par de días antes había escuchado a un tertuliano gilipollas decir gilipolleces sobre la necesidad de no exacerbar el asunto del tabaco y a fe que me hubiera gustado tenerlo a mi lado para que me explicase qué hacer en ese momento, distinto de abandonar el establecimiento (ser expulsado de él por la educada señora de mi izquierda) o retirarme hacia detrás para tomarme el café y la tostada con malabarismos impropios de mi edad y maña y riesgo cierto de mancharme el traje de alpaca con el que hoy he ido a la oficina. No sé si la sociedad está madura, como dice la ministra, para que se prohiba el consumo público del tabaco, pero mi traje está camino de la tintorería.
jueves 20 de agosto de 2009
El turista cultural
Publicada el 14 de agosto de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
De entre todos los tipos de turistas, existe uno que padece las vacaciones más atormentadas. Organiza un viaje larguísimo y, cuando llega al destino, en lugar de quedarse quieto se afana en recorrer de un extremo a otro aquella comarca o aun la nación entera si así se tercia. La razón es que la Humanidad no ha construido y destruido sus cosas pensando en el turista del futuro, sino según su propio antojo, y ocurre que una catedral está aquí y una excavación en el extremo opuesto, a trescientos kilómetros, digamos, de modo que el turista del que hablo va de un sitio a otro para vivir la experiencia de hollar recuerdos tan memorables. Ocurre, sin embargo, que igual que nuestros recuerdos están deslavazados, inconexos, medio rotos o hechos añicos, así las abadías, iglesias, castillos o palacios están tan deteriorados que sólo recobran su esplendor en la entusiasta imaginación de este turista, permaneciendo como las ruinas que son para el resto de los mortales. Mas no acaban ahí sus cuitas porque su erudición nunca le alcanza para comprender todo lo que ve (no es sabio: sólo turista), y no le queda más soporte que el anecdotario que le cuenta la guía o a la magra descripción que lee en el folleto para exclamar frases tan admirativas como carentes de contenido, y así construye su jornada entre un «oh!, qué maravilla» y un «increíble lo de aquellos tiempos». Este , en fin, es el llamado turista cultural, adjetivo que recibe para darle empaque a lo que hace, que es, sobre todo, conseguir que su dinero viaje de su bolsillo al de otros como él viaja de su casa a la de terceros. Alguien me demostraba el otro día que con el dinero que los visitantes del Mont Saint Michel pagan por miccionar, a cuarenta céntimos la oportunidad, podrían llegar a la opulencia los habitantes del Sahel en muy poco tiempo. Bueno, que sepan ustedes que acabo de volver de Benidorm.
sábado 8 de agosto de 2009
¡Chúpate esa!
Publicada el 24 de julio de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
En el descanso de una trifulca entre Aramís Fuster y Belén Esteban («chúpate esa», le decía ésta a aquella y se daba la vuelta ofreciéndole la espalda y buscando el vítore del público: el mío lo tuvo, tan buenos recuerdos me trajo a mi infancia de barrio-barrio) vi unos minutos en algún canal imposible de la tedeté. Allí glosaban las tareas de médicos desplazados voluntariamente a cualquier selva africana para curar a los negros los ojos, las piernas, las pústulas o las diarreas. En lo que duró el descanso escuché a media docena de médicos -tan rápido pasaban de uno a otro, para que la falta de ritmo no me invitara al zapping- y uno de ellos, sesentón y con cara de haber hecho algo en este mundo (la cara que me gustaría tener cuando llegue a sus años) decía sentir vergüenza por el mundo desarrollado cuando comparaba nuestros medios y los que tenían en ese agujero del trópico. ¿De cuántas otras cosas tendríamos que avergonzarnos, me dio entonces por preguntarme? Cada semana me salen una o dos. Por ejemplo, que al derroche le llamemos salir de la crisis, venga a romper calles y aceras sólo para gastar el dinero que nos dan. O, por ejemplo, lo miserables que son los (dueños de los) bancos, que se pasan por allí el euroíbor al uno con cuarenta.
Hablando de todo un poco, no sé si ha leído usted la noticia, escondida con este calor, de que en Castilla-La Mancha el gobierno pagará a los alumnos que se matriculen en Formación Profesional. No es que se les beque. Es que les dará dinero por matricularse. Luego veremos si estudian. Chúpate esa.
(¡Por Dios, que nadie se ofenda! Ya digo que es lo que decía la Esteban a la Fuster. ¡Cómo me lo pasé con ese programa!)
Hablando de todo un poco, no sé si ha leído usted la noticia, escondida con este calor, de que en Castilla-La Mancha el gobierno pagará a los alumnos que se matriculen en Formación Profesional. No es que se les beque. Es que les dará dinero por matricularse. Luego veremos si estudian. Chúpate esa.
(¡Por Dios, que nadie se ofenda! Ya digo que es lo que decía la Esteban a la Fuster. ¡Cómo me lo pasé con ese programa!)
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