Si me tocase la lotería no sabría en qué gastarme el dinero. O compraría un montón de cosas inútiles o no compraría nada, temeroso de que abrir la mano en exceso me hiciese volver a la miseria demasiado pronto. Para todo hace falta tener práctica. Muchos personajes del «show business» se han convertido en vagabundos por esa impericia en el gasto. Al contrario, quien nunca ha tenido necesidad no sabe qué gastos son prescindibles. Alguien acostumbrado a la abundancia puede pensar que cuarenta y siete aeropuertos subvencionados, diecisiete televisiones autónomicas a modo de panfletos de los gobernantes o setenta y siete universidades, muchas vacías, son una inversión imprescindible. Por el contario, algún parado experto (o ese camarero eventual con contrato de cuatro horas que trabaja doce, a lo largo de las cuales escucha cómo los ricachones ponen a parir al gobierno en medio de los pantagruélicos festines del Rocío porque se ha quedado corto con los funcionarios) verá que algo se está despilfarrando cuando los sindicatos se anuncian en vallas y autobuses como si fueran un centro comercial, cuando hay ministerios enteros sin nada que hacer, sensato o insensato, cuando menudean puestos de trabajo atacados por un mal semejante, cuando cada inauguración (ya lo dije) concita a centenares de personas cuyo trabajo parece ser ese, o cuando la mordida a la organización de fastos o a la contrata de servicios hace millonarios a decenas de mangantes sin que el desfalco se note de inmediato. Definitivamente, el presidente necesita despedir a los actuales y contratar por poco dinero a un equipo de consejeros pobres que devuelva la cordura a este país. O si no aún conoceremos tiempos peores.
jueves 20 de mayo de 2010
El asesor pobre
Publicada el 21 de mayo de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
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sábado 15 de mayo de 2010
Otra vez lo mismo
Publicada el 14 de mayo de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
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La razón por la que el Estado necesita gastar menos es que los prestamistas le vendan el dinero a un cierto precio. Aunque, en realidad, les da igual. Si el Estado les pide poco, ganarán lo previsto y, si les pide mucho, ganarán más. Su banco prefiere que usted le pague en su momento pero solamente por las molestias, porque si usted se retarasa le cobrará lo estipulado y la yema del otro bajo mil rubros diferentes. Así son las cosas. Usted manda en el banco igual que el Estado manda en los prestamistas (oigo en la radio aquello de "los mercados" y me entran ganas de vomitar). Por otro lado, usted busca un aumento de sueldo, se pluriemplea o registra en los bolsillos de sus hijos para pagar la deuda cuanto antes. Lo mismo que hace el Estado. Cuando puede. Porque si usted tiene un hijo rico (pudiera ser) le exigiría que le ayudase, pero el Estado no puede hacerlo porque los ricos se irían del país al del vecino, que está encantado de acogerlos. Y porque en un país en el que la juventud aspira en masa a convertirse en funcionariado (¡cómo tratarán los jefes a los empleados!), no sé cómo se creará la riqueza. Con su discurso, Zapatero admite que, como los otros gobernantes, es sólo el administrador de lo que deciden los verdaderos dueños del cotarro. Ya es hora de cambiarle el nombre al partido, reducido a un aparato burocrático que reparte buenos sueldos y enarbola eslóganes vacíos como la cabeza de Belén Esteban. Hagámonos a la idea de que este mundo no es lo que creíamos. Y, por lo demás, lo cierto es que estuvo muy feo: Obama llama y Zapatero obedece.
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La culpa
Publicada el 7 de mayo de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Invierta usted en un plan de pensiones privado para que los especuladores puedan guindarle sus ahorros y decirle que la culpa es del gobierno porque se gasta el dinero en los pensionistas. No se fíe del Estado, hágalo de los ladrones con corbata, que le robarán mucho mejor y no le darán la brasa con sus miserias, como esos que se creen gobernantes. ¿Estaremos delante de un plan? Al principio de todo, la Bolsa servía para financiar a las industrias. Cuando ya no, se dijo que era el barómetro de la economía del país, con es fatuidad propia de todo lo que tiene que ver con la economía. Más tarde, cuando se privatizó el país entero, la metieron en nuestras vidas con aquel capitalismo de pacotilla del que salieron perdiendo millones de incautos que creían que Terra era El Dorado de los nuevos tiempos. A la Bolsa la han puesto en los informativos, al lado de otras catástrofes, y escuchamos gilipolleces como que el Banco Alibabá ha perdido el diez por ciento de su valor por culpa del gobierno, que no vale para nada. Mentira y gorda, y no sólo porque no es posible que todos los gobiernos sean malos (aunque vete a saber). El banco no ha perdido nada. El que lo ha perdido ha sido usted si tiene un plan de pensiones porque sus ahorros valen menos que ayer y quien tiene su dinero es un especulador, el dueño de Alibabá Corp., filial del Banco Alibabá. "Pero yo no tengo un plan de pensiones", protesta mi vecino. ¡Pobre ignorante!, digo yo. Te bajarán el sueldo y no sabrás quién ha tenido la culpa.
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jueves 6 de mayo de 2010
Volveremos a empezar
Publicada el 30 de abril de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
La tasa de paro no es la más alta de las que hemos tenido. Pero estamos cerca. Sin embargo, peor que eso es tener la certeza de que su evolución escapa a todo control. A estas alturas, apelar al gobierno es rezarle a Santa Bárabara porque truena. No creo que un presunto inútil como Díaz Ferrán hubiese mantenido el empleo con las cotizaciones más bajas o el despido más barato. Tampoco creo que Zapatero, que es más listo que yo, se crea a sí mismo cuando dice que según sus estimaciones (sobre la nada) el paro bajará y no tendrá nada que ver con los contratos locos del verano. Me parece obscena la ira de Rajoy porque si hubiese trabajo la exhibiría a cuenta de los hongos que se cogen en las piscinas. Ninguno conoce a un parado de cerca, o se comportaría de otra manera. El país vive de las ganancias inmorales de los años buenos, cuando los pisos se despachaban como el pan y los torpes tuvimos que aprender bricolaje porque en los talleres se reían de ti si no les encargabas mil unidades de lo que fuera. Sólo superviven (viven súper) los que contratan con el Estado, los mismos que se desgañitan pidiendo menos Estado. ¿Alguien estudiará qué procentaje del beneficio de las empresas rentables está asociado a sus relaciones con el poder (ya que de lo rentable que para miles es el poder nos dan cuenta los periódicos con regularidad)? Mal asunto. Esperaremos al cambio de ciclo, que es como esperar las lluvias de abril. Entonces el poder tampoco hará nada, incapaz de ver que algún día irán mal de nuevo. Y volveremos a empezar.
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