La de Biafra me enseñó que la guerra es una cosa que pone la barriga de los niños hambrientos como la de los adultos que se hartan de comida tres veces al día. Otras que vinieron después me mostraron que la guerra es una cosa que convierte los edificios en escombros. Pero ni una ni otras me contaron cómo empieza ni qué pasa entre los niños barrigudos y los cascotes polvorientos. Todo cambió con la primera guerra de Irak, no sé si porque ya éramos europeos (y nada humano nos era ajeno) o porque la cenene, como el famoso dinosaurio, ya estaba allí cuando empezó. El caso es que hoy sabemos que una guerra consiste en que unos aviones de Estados Unidos bombardean una ciudad y la tele nos muestra unos cientos de balas que se elevan hacia el cielo como si fueran fuegos artificiales y se desvanecen de igual manera, sin hacer explotar ninguna aeronave enemiga (suya: amiga nuestra). Luego, el país agredido nos enseña que los bombardeos han hecho serrín hospitales y escuelas y el mundo no le hace caso, no porque no sea verdad sino porque le da igual. Porque ya nos lo sabemos. Igual que sabemos que después de cargarnos las defensas antiaéreas del malo no sabemos si entrar con la infantería y enredarnos en años de guerrillas o abandonar y dejar con el culo al aire a los que nos vitoreaban por las calles como si fuéramos a darles de comer gratis. Sería bueno que la próxima vez que vayamos a cargarnos a un dictador decidamos antes cómo lo vamos a hacer. De lo contrario, seremos nosotros los que acabaremos con los movimientos populares, que terminarán por creer que es peor el remedio que la enfermedad.
jueves 24 de marzo de 2011
jueves 17 de marzo de 2011
¡Esa luz...!
Publicada el 18 de marzo de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Kevin Johansen se disculpa por no haber acudido a una cita con su novia cantando aquello de «y la tierra se abría y la gente caía. No fue mi culpa esta vez, fue la falla de San Andrés.» La falla de San Andrés está en el Pacífico, en la cara opuesta a Japón, y quienes viven sobre ella saben que cualquier día tendrán que salir por pies. Digamos que el hecho de que un terremoto pudiese abrir como una sandía una central nuclear no es lo que se puede llamar conocimiento nuevo. Así que no entiendo a qué la pantomima de la Merkel y todos sus epígonos de ordenar que se revise la seguridad de las centrales. ¿Que se revise contra qué? ¿Contra terremotos imposibles? ¿Contra inundaciones bíblicas? ¿Contra el impacto de un meteorito? ¿Contra un 747 en manos de Al-Qaeda? ¿Dicen que contra incendios? ¿Es que no están construidas ya contra incendios? A veces los gobiernos actúan como chicos cogidos en falta. «Perdone, profe, es que no me he dado cuenta pero verá como mañana yo ya...» Ignoro si necesitamos la energía nuclear o si nos podemos apañar con la del viento, si podemos pagar a Francia dos millones al día para que nos guarde la basura radiactiva o es mejor abrir un hoyo en la recia Meseta, pero lo que no debemos tener es un gobierno que hoy se pliega al poder financiero del lobby A y mañana al mensaje de pazyamor del colectivo B. Llevamos cuarenta años incumpliendo los objetivos de cualquier documento al que se le llama Plan Energético Nacional y con una factura de la luz que parece un jeroglífico egipcio. Solo la entienden las eléctricas, que nos funden los plomos cada cuanto quieren con la connivencia del ministro Sebastián.
jueves 10 de marzo de 2011
I love Rubalcaba
Publicada el 11 de marzo de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Cuando el ministro dice que la factura del petróleo ha subido mucho parece que la paga él. Sin embargo, mi parte la pago yo. Las petroleras me trasladan las subidas directamente, incluso meses antes de que les lleguen a ellas, de manera que no le veo el sentido a los luminosos de las autovías que agradecen mi colaboración por ir más despacio. Por otra parte, la guardia civil ha desertado de los cuarteles y se ha acantonado en las cunetas, así que la gratitud resulta de una hipocresía que ni comparación con la de los enemigos de Mourinho. Si uno no se detiene a mitad de camino, no tarda mucho más en ir a Madrid con el nuevo límite de velocidad, aunque a veces el trayecto se hace complicado porque es tanto el miedo al exceso de gasto (en multas) que adelantar a cámara lenta parece más un milagro divino que una posibilidad física. De todos modos, solo los camioneros hacen el viaje de un tirón. Puede que el otro día ahorrase algo en combustible, pero me gasté el doble en cafés para mantenerme despierto. Y no era yo el único. El último bar estaba lleno de parroquianos somnolientos y algunos nos saludamos con la cordialiad de los reincidentes. Hicimos cuentas de lo que nos cuesta ahorrar entre los cafés y nuestra parte en la factura del cambio de señales y en el pago del descuento de los trenes de cercanías a media España y, resignados, nos deseamos suerte para los últimos kilómetros, sin gasolinera que nos fuera a proteger del tedio. El dueño del bar nos despidió, en fin, con el «I love Rubalcaba» que pudimos leer, cuando salíamos, en una pegatina de fabricación casera.
jueves 3 de marzo de 2011
El paro
Publicada el 4 de marzo de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Abaratar el despido sirve para que despedir a los empleados cueste menos dinero a los empresarios, pero no para que el pan de molde con corteza deje de tenerla, por ejemplo. Los médicos, que saben mucho de enfermos y remedios, cuando tumban en el quirófano a un paciente con apendicitis no le quitan las anginas, a ver si mejora. Los políticos deberían aprender de los médicos en lugar de fiarse de cualquiera. Por ejemplo, de los economistas del FMI, que todavía se rascan la cabeza mientras declaman aquello de «la crisis ha venido y nadie sabe cómo ha sido». A los empresarios les viene bien que estas oenegés de la pasta gansa digan a los gobiernos lo que tienen que hacer porque les viene bien lo que dicen, pero no porque sea verdad. El trabajador es, para el empresario, una herramienta de ganar dinero y no la causa de su ruina, como no se nos deja de repetir. Las medidas del gobierno son útiles, en el mejor de los casos, para paliar las pérdidas de las empresas que van mal, no para que haya empresas que vayan bien. Y también son útiles para que los sindicatos, convertidos en academias para desempleados, puedan pagar campañas electorales casi como los partidos, pero no para que tengan más trabajadores afiliados, que es su razón de ser y no la enseñanza de adultos. Si en Alemania el cuarenta por ciento de los empresarios tiene dificultades para contratar trabajadores y aquí es el cuarenta por ciento de los empeados el que tiene dificultades para encontrar un empresario, el problema no puede estar solo en Zapatero. Ni en Rajoy.
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