jueves 18 de agosto de 2011

El ídolo



Publicada el 19 de agosto de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Mientras escribo esto, veo la fotografía de un grupo de chicas presas de un ataque de histeria como si acabase de pasar por delante de ellas Carlos Baute en pelotas y no un anciano con sayas blancas en un coche blindado. Llevo días tratando de averiguar qué ha hecho Ratzinger para despertar una pasión semejante entre los adolescentes y no consigo encontrar nada. Objetivamente, no ha dicho ni hecho nada que pueda hacer que esa chica que veo en la prensa digital grite como si estuviese poseída. Si me dejo llevar por sus declaraciones, concluyo que la clave de tanta pasión estriba en lo que va a contarles, en el mensaje que dicen que esperan escuchar, pero me permito dudar de ello. No hablo a humo de pajas. La prensa subraya que Ratzinger acaba de admitir que España tiene algunos problemillas pero afirma que es mucho mayor «el afán de superación de los españoles, con ese dinamismo que los caracteriza y al que tanto contribuyen sus hondas raíces cristianas.» Si a los adultos nos dice que siendo buenos cristianos vamos a conseguir reducir el déficit público, con qué cuento no les irá a los jóvenes. Lo mismo les asegura que llegando vírgenes al matrimonio encontrarán trabajo antes. Pero como esto tampoco puede ser, no solo porque el Papa no puede mentir, sino porque no puede salirse del guion, se llame Ratzinger o Pérez,  ¿qué escucharán los jóvenes estos días? En realidad -y ellos lo saben- lo mismo que les cuentan los curas en sus parroquias porque en estas organizaciones el mensaje que perdura es el que fluye de arriba abajo: los otros se eliminan. Así que lo que importa tampoco son las palabras, que son bien conocidas. Lo único importante es el ídolo. Justo lo menos que necesita ahora la sociedad: ídolos. Se llamen Ratzinger, Rubalcaba o Rajoy, lo que necesitamos es cargárnoslos a todos y tratar de pensar por nosotros mismo.

jueves 11 de agosto de 2011

Guggenheim

Publicada el 12 de agosto de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
 

Dice mi amiga Amaia que el Guggenheim es como uno de esos cacahuetes que abres con la ilusión de encontrar dentro tres o cuatro frutos hermosos y donde solo hay dos cagarrutas secas. He conseguido que me acompañase hasta la puerta pero no que entrase conmigo. Dice que si el millón de visitantes que recibe cada año supiese lo que se iba a encontrar dentro, no pasarían de un puñado los soplapollas que pagarían los trece euros de la entrada. A su juicio, podían haberse ahorrado las puertas al construir el edificio. El último albañil saldría por una gatera y desde afuera soldaría la placa de acero definitiva. Así, la gente le haría fotos desde la calle como se las hace a los huevos del caballo de Espartero, sin esperar que sirvan para otra cosa. Amaia me llevó después de comer porque me dijo que por la mañana hay colas enormes y que yo desesperaría y a ella la detendría la Ertaintza por descojonarse con escándalo de los panolis que enriquecen así a la patria. Dice que dentro del museo hay que hacer cola para entrar a una sala donde hay un cubo y un trozo de escayola, y otra cola para ver un muñeco de plástico con un tomate enorme en el lugar de la cabeza y un palo metido por el culo. «Es cierto, tú», me dice, «hay un gallinero que guarda bombillas en lugar de gallinas, y la gente se sienta a ver a oscuras vídeos que los guionistas de El Intermedio descartarían por ingenuos y otros tan insoportables que ni cuando lees lo que quieren decir estás de acuerdo en que no encierren de por vida a su autor.»
Resumida así la opinión de mi amiga, no desvelaré si finalmente saqué mi entrada o me fui de pinchos.



jueves 4 de agosto de 2011

Menudo papelón

Publicada el 5 de agosto de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
En la mesa de al lado dos feligresas le contaban al cura que ayer mismo habían echado de la piscina de su comunidad de vecinos a dos niños porque eran intolerablemente negros. Lo dijeron como quien cuenta que después del martes viene el miércoles. Si acaso, con el orgullo de quien ha contribuido al bien común. Miré al cura pero no percibí que se le atravesase el churro en la conciencia. Casi le pregunto si no existe una actualización de la catequesis donde se informe de que amar al prójimo incluye a los negros, pero la cabeza se me fue a cuando me proporcionaban aquella patatera deformación religiosa que describía la vida como una sucesión de asuntos vergonzosos, pequeños crímenes, grandes hogueras eternas y una desconfianza feroz en los demás. Entonces me parecía que el cura que me confesaba no podía ser el mismo que rezase la misa. Me resultaba bochornoso tener que escuchar a quien acababa de escuchar mis podredumbres. ¿Cuáles de las miradas que acababan en mí eran un reproche y una acusación, cuáles una forma de avisar a mis padres de por dónde iba despeñándoseme el alma? Ahora pienso lo mismo pero, en cambio, me parece que el papelón es el de los curas. ¿Desarrollará aquel de quien les hablo la próxima homilía sobre la parábola del samaritano en versión era-de-las-grandes-migraciones y mirará a sus amigas con intención o preferirá hablar de B16 Superstar? ¿Cuando le confiesen que la otra noche abusaron de la jaqueca para no honrar a sus maridos, les dirá que el racismo es peor ofensa? ¿Permitirá que corran el riesgo de morir en pecado hasta la próxima confesión? ¿O les perdonará el agravio al prójimo sin que medie arrepentimiento ni propósito de la enmienda? ¡Menudo papelón!