Posesión en la puerta del centro de unas tijeras». Si añado que se trata de un centro educativo, a nadie extrañará ni la frase ni el hecho que describe, ya que muchos estudiantes poseen unas tijeras e incluso las llevan a la escuela. Sin embargo, lo que he transcrito no es un ejercicio de sintaxis sino una denuncia policial. Así que mejor pasamos a la lección de semiología: un joven que posea (y muestre, supongo) unas tijeras cualquier día que no sea el 29 de marzo es un estudiante haciendo trabajos manuales. El mismo joven el 29 de marzo es un presunto delincuente. Procede, pues, abordarlo, interrogarle y requisar el peligrosísimo material. Como soy un ignorante en cuestiones criminales no sé si el delito es poseer unas tijeras o poseerlas en la puerta de un instituto. Si es lo primero, no sé por qué la policía no levantó ayer acta de denuncia a todas las costureras de la ciudad y si es lo segundo no se me ocurre cómo el poseedor de unas tijeras puede dejar de poseerlas cuando pase por un sitio por el que es denunciable poseerlas, y tampoco sé cuáles son esos sitios en donde está restringida la posesión de según qué cosas, que también ignoro, pero desde luego de unas tijeras. La denuncia me recordó que hace treinta y tantos años alguien a quien conozco de largo fue abordado, interrogado y fichado por dibujar con el dedo en el cristal polvoriento de un coche una A inserta en un círculo, si bien (menos mal) aquella policía secreta postfranquista no requisó la herramienta del presunto criminal. Perdonen que me lo tome a broma pero es la mejor forma de tomarse un hecho ridículo si no fuera, además, arbitrario y, desde luego, un abuso de poder. Sería magnífico que alguien pidiese disculpas a este chico, devolviese las tijeras a su verdadero poseedor y prometiese en el futuro dedicarse a hacer (o a mandar hacer) cosas útiles y no gilipolleces.
jueves, 29 de marzo de 2012
Seis años
Publicada el 23 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Todos hemos visto alguna vez a un acusado salir esposado del juicio en el que acaban de declararle culpable y entrar en un vehículo en el que la policía lo lleva directamente al trullo. Ignoro qué es lo que hace que unos reos vayan a la cárcel y otros a la cafetería de la esquina. Suponía que era la gravedad de la condena, directamente proporcional a la gravedad del delito. Pero parece que no. Toda vez que matar a una persona, a veces, cuesta unos pocos meses (véase el caso Farruquito), yo suponía que una de seis años es una condena seria y, por lo tanto, me imaginaba que Matas, el antiguo presidene balear, iría a la cárcel de inmediato. Mas no es así. Parece que nadie (fiscales, jueces o abogados) tiene interés en que este hombre vaya a la trena, de manera que por ahí sigue, presumiendo de presunción de inocencia. Yo tampoco tengo ningún interés en que este presunto sinvergüenza vaya a la cárcel, pero admitamos que el Estado ofrece una imagen muy mala a sus ciudadanos, porque si en lugar de ser un delincuente de guante blanco hubiese sido un fontanero en el paro que hubiese robado en un banco la décima parte de lo que limpió o malgastó Matas, estaría ya harto de contar los barrotes de su celda. Por otro lado, que le condenen a pagar doce mil euros parece una cosa de broma. Con que le obligasen a reponer el dinero público que destrozó (y en esto sí que tengo interés), Rajoy tendría una buena parte de los cinco mil millones que le han mandado ahorrar. Entre eso, lo del yerno, lo de los marbellíes y lo que deben los clubes de fútbol, tenía Mariano hasta para dejarle una propina a la Merkel.
jueves, 15 de marzo de 2012
El gimnasio
Publicada el 16 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Dejando aparte la crisis, de lo que se habla en todos los corrillos es del gimnasio. No diré su nombre por si contraviene la política editorial de la empresa editora, pero lo cierto es que desde que abrió, en las afueras de la ciudad, no es posible escuchar una conversación ajena que verse sobre algo distinto de la piscina, el estep, el espinin, los pilates o lo que quiera que se haga allí adentro. Juan Bautista Arúspide, cuentista hondureño tan importante como desconocido, se habría exiliado a la manga del mar Menor, lugar que aborrece, con tal de alejarse de un lugar incapaz de proporcionarle el argumento más pequeño para uno de sus relatos. Fue Arúspide el que me dijo un día que sus pequeñas tramas tienen su origen (y a veces hasta su desenlace) en los sucedidos que escuchaba ejerciendo de paseante anónimo por las ciudades europeas. Así que de Cuenca tendría que marcharse una vez que hubiese escenificado el relato del hombre «de cuarenta y cinco y más» enamorado de la joven hada de piernas gráciles y senos breves que cada tarde, con su mirada leve, le insufla el aire suficiente para empujar hacia los pectorales cincuenta y tantos quilos sin romperse por abajo ni nada. Lo curioso (y exitoso) del gimnasio es que ha retirado de los salones de té a las cuarentonas, cincuentonas y hasta sesentonas de la ciudad, que han dejado de hacerle un traje a la hija descarriada de Paqui la Rubíes, y ahora narran cómo ponen tono en sus músculos en, diríase, un silencio reverencial, habida cuenta de que en los corrillos que hasta sin querer escucho no se mienta hada ninguna ni príncipe maduro que les haya guiñado un ojo, siquiera sea para salpicarse el sudor que le corre desde la frente.
Sequía
Publicada el 09 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
La primera vez que oí hablar de un manifestómetro fue cuando lo inventamos un grupo de estudiantes y yo en una tormenta de ideas sobre publicidad de cosas imposibles. Años después, una empresa lo inventó de verdad. Por fin se acabarían las discrepancias sobre cuántos manifestantes habían mostrado su disconformidad con el aborto o con estar en contra del aborto. Resulta que esta semana la empresa ha cerrado porque su invento no ha suscitado gran interés, justo cuando parece que asistimos al principio de una larga etapa de ocupación de la calle por los ciudadanos a los que agrede un Estado en proceso de evaporación. ¿Cómo es posible que a nadie le interese saber si en Barcelona se manifestaron 70.000 o 25.000? ¿Es que es lo mismo una cosa que otra? Pues parece que sí. El otro día hubo huelga de funcionarios. ¿De cuántos? Da igual. Para el gobierno no hubo nada y para los sindicatos muchísimo. A nadie le importa discernir entre las cifras. La realidad ha dejado de existir y no se la echa de menos. En el mejor de los casos, es una cifra que no escucha ni Dios. Mientras, percibo una rotura en la sociedad como no recordaba desde la pre-democracia. Los salones de plenos se ocupan con obediencia ciega y se producen rifirrafes entre la guardia pretoriana y los contribuyentes. Ando pensando en el sitio al que nos lleva todo esto cuando el trabajador que me cobra la gasolina relata que la única verdad es que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Interesante, le contesto, y a punto estoy de enredarme con él en una discusión sobre la verdad y la realidad. Porque esta ya no existe, sigo pensando. Quizás se la hayan comido los ricos.
jueves, 1 de marzo de 2012
La realidad
Publicada el 03 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
La primera vez que oí hablar de un manifestómetro fue cuando lo inventamos un grupo de estudiantes y yo en una tormenta de ideas sobre publicidad de cosas imposibles. Años después, una empresa lo inventó de verdad. Por fin se acabarían las discrepancias sobre cuántos manifestantes habían mostrado su disconformidad con el aborto o con estar en contra del aborto. Resulta que esta semana la empresa ha cerrado porque su invento no ha suscitado gran interés, justo cuando parece que asistimos al principio de una larga etapa de ocupación de la calle por los ciudadanos a los que agrede un Estado en proceso de evaporación. ¿Cómo es posible que a nadie le interese saber si en Barcelona se manifestaron 70.000 o 25.000? ¿Es que es lo mismo una cosa que otra? Pues parece que sí. El otro día hubo huelga de funcionarios. ¿De cuántos? Da igual. Para el gobierno no hubo nada y para los sindicatos muchísimo. A nadie le importa discernir entre las cifras. La realidad ha dejado de existir y no se la echa de menos. En el mejor de los casos, es una cifra que no escucha ni Dios. Mientras, percibo una rotura en la sociedad como no recordaba desde la pre-democracia. Los salones de plenos se ocupan con obediencia ciega y se producen rifirrafes entre la guardia pretoriana y los contribuyentes. Ando pensando en el sitio al que nos lleva todo esto cuando el trabajador que me cobra la gasolina relata que la única verdad es que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Interesante, le contesto, y a punto estoy de enredarme con él en una discusión sobre la verdad y la realidad. Porque esta ya no existe, sigo pensando. Quizás se la hayan comido los ricos.
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