jueves, 31 de enero de 2013

¡A la mierda!

Publicada en El Día de Castilla-La Mancha el 1 de febrero de 2013



La imagen patética del rey después de lo de Botswana, como un abuelo que pide disculpas a sus nietos porque lo han pillado entrando en una casa de putas, queda de pronto engrandecida. Por supuesto, a la miserable luz que despiden su yerno, su hija y su empleado Revenga. Pero, por encima de todo, de esa cueva de Alí-Babá que ahora ya sabemos que es el edificio de Génova. La semana pasada escribía que los escándalos estaban cada vez más cerca del puente de mando. Desde ayer sabemos que están en el puente de mando.
          Se acabó. Hemos tocado fondo. ¡A la mierda!, que dijera el bendito Labordeta. Que tengan la dignidad de pedir perdón, como hizo el abuelo. Que ingresen en Hacienda el dinero que se quedaron y se vayan a sus casas. Que en la vida, jamás, vuelvan a abrir sus bocas. Que no se les vuelva a oír predicar, aconsejarnos, señalar el camino. Que ningún periodista les preste un micrófono. Que desaparezcan de una vez. Que nos olviden, que nosotros trataremos de olvidarlos pronto.
          ¿Qué puta «marca España» va a defender Rajoy? ¿Cuántos chistes va a hacer Merkel a su costa que, en el fondo, es la nuestra? ¿Ha habido escándalo mayor en la historia reciente? ¿Cómo explicarán la traición a los votantes de buena fe de su partido? ¿Quizás debieron ser ellos, ayer, los primeros en rodear Génova para pedirles que dejasen limpios de basura los pasillos y los despachos?
          El último favor que pueden hacernos todos los de la lista de Bárcenas es hacer mutis por el foro. Mejor hoy que mañana. Algunos llevan décadas haciéndose los imprescindibles. Que se vayan pronto para que vean que nos las podemos arreglar sin ellos.
          En change.org se recogen firmas de ciudadanos para pedir la dimisión de los facinerosos. Y, a falta de intelectuales que no estén cooptados por unos, por otros o por las tertulias televisivas, más vale que los ciudadanos nos organicemos. Por ejemplo: partidodelfuturo.net

jueves, 24 de enero de 2013

Pacto entre piratas


Publicada en El Día de Castilla-La Mancha el 25 de enero de 2013.



La situación me recuerda al tramo final de los gobiernos de Felipe González. Cada día sale un nuevo caso de corrupción y cada vez está más cerca del puente de mando. Aunque hay otras diferencias, la más notable es que entonces una conspiración mediática estuvo dispuesta incluso a cargarse el sistema (Anson dixit), con tal de quitar a González del gobierno. Aquella oleada de corrupción en la izquierda puso fin al arquetipo del obrero honrado labrado en cien años de historia. Cien años en los que  ni el obrero ni sus representantes habían estado cerca del poder, naturalmente. Se impuso entonces la idea de una derecha civilizada y tan acostumbrada al poder y al dinero que accedía a aquella con menosprecio de este. Destruido el trabajador honrado se hizo fuerte la idea del empresario eficaz que sabría administrar el país sin meter la mano en una caja que no necesitaba. Desde entonces hasta ahora, ya saben: el despiporre conocido de la derecha y sus afines, un verdadero saqueo perpetrado con chulería por los cuatro costados del país, aderezados de vez en cuando por la izquierda con su porción de estulticia con la agravante de robo. 
     Soledad Gallego propone en El País una ley que haga a las secretarías generales de los partidos responsables de los desmanes cometidos por sus huestes. De llevarse a cabo, esto reduciría las barcenadas y similares pero no acabaría con todas las modalidades de sinvergonzonería que nos cabrean. Mas ni para esto hay esperanza. Ya hubo una ley que exigía transparencia para los políticos que hicieran política... fuera de España, pero se quedaban expresamente al margen los que la hacían dentro. Ahora empiezan a hablar de pactos, pero nada de leyes. Las leyes, para los ciudadanos, y más rigurosas cuanto más pobres (ya se cruzan apuestas sobre si llegará antes la sentencia o el sepelio de Urdangarín). Ellos, los políticos, se bastan con los pactos, como si fuesen caballeros. Pero no es así. Se trata de pactos entre piratas, al estilo de aquellas gentes que no dependían de nadie ni a nadie rendían cuentas y cuya única ley era la codicia. Apañados vamos.

jueves, 17 de enero de 2013

Los fascismos, Wert y los demás

Publicada en El Día de Castilla-La Mancha el 19 de enero de 2013.

Hay que ver cómo han cambiado las cosas en España. Cuando era un país gobernado por fascistas, a ningún ministro se le hubiera impedido dar una conferencia, sobre todo -todo hay que decirlo- porque entonces los ministros más que conferencias daban órdenes. Disponemos, pues, de dos datos que demuestan que vivimos en un país moderno: que los ministros quieren dar conferencias para justificar sus órdenes y que la gente no les deja darlas. Antes los ministros eran los fascistas y ahora los ministros llaman fascistas a las gentes que tienen que cumplir sus órdenes pero que detestan que, además, se las expliquen. Eso -fascistas- es lo que el ministro Wert llamó el otro día a quienes no le dejaron dar su conferencia. La acusación se basaba en que los gobiernos fascistas -cuando los tuvimos en España y en Europa- no dejaban hablar a la gente. En realidad, los gobernantes fascistas más que abuchear apaleaban a quienes no les apetecía escuchar, lo que no es exactamente la misma manera de ser fascista, como tampoco es la misma manera de padecer el fascismo. Por ejemplo, Wert se fue a su casa relativamente enfadado pero ahí terminó su problema. En cambio, en esta región son ya centenares las personas que, además de enfadarse, han sido multadas o sancionadas por exponer su opinión en la calle, en un aula o en un correo electrónico. Médicos, profesores, ciudadanos que no están de acuerdo con Wert, Marín o Cospedal y a quienes el poder no abuchea sino que humilla. Y todo parece indicar que la lista seguirá creciendo. Me suena a que tienen número adjudicado en la lista de espera algunos medios de comunicación, aquellos que, además de publicar los despachos que salen de los despachos del gobierno, prestan oídos, papel y el micrófono a esos que no están de acuerdo. Podría Wert darse una vuelta por aquí para ampliar su conocimiento sobre el fascismo.

jueves, 10 de enero de 2013

El crimen perfecto

Un día, el jefe del FMI (pudo ser la jefa, no lo recuerdo, pero ya no importa) puso a todos sus economistas a trabajar. Una legión de ellos, con tantos títulos académicos que podrían alfombrar varios campos de fútbol, medida universal de superficie de Maradona a esta parte. Estos expertos hacen con los números operaciones muy difíciles, no sé si porque son expertos o para justificar que lo son, que no es lo mismo. Una limpiadora que conozco, licenciada en Artes en su país de origen,  ha abierto alguna de las carpetas que estos sabios se dejan sobre su mesa, y según me cuenta la ha cerrado de inmediato, presa de un ataque de ignorancia y de pavor: ¿cómo pueden hacerse cosas tan feas con algo tan bello como los números?, me pregunta por e-mail, bien que retóricamente. 

    Después de varias semanas de trabajo individual y discusiones colectivas, los economistas, en traje de Gabanna, presentaron sus conclusiones. De inmediato, el jefe telefoneó a los presidentes de los países que le habían pedido dinero y les impuso sus condiciones. No es política, les dijo, sino la única manera de que ustedes salgan adelante. Créeme, añadió con un tuteo de cercanía, al final de cada charla.

    Esta semana, los mismos economistas han vuelto a reunirse y han descubierto que aquellos días se equivocaron. Pensaban que por cada euro que los gobiernos no gastasen, el país dejaría de producir solamente medio euro, de manera que al cabo de un tiempo habría dejado sus cuentas deudoras a cero. Ahora han comprobado que por cada euro que no se ha gastado, el país ha dejado de producir, en realidad, un euro y medio. El error no es de un euro, como es evidente, sino de un trescientos por ciento. Para esas cuentas no hacen falta grandes calculadoras, digo yo. Ni tanta ciencia. Porque el problema, además, es que con esos datos nunca se saldará la deuda, sino que será cada vez mayor hasta llegar a la ruina completa. Alguien que se equivoca de ese modo merece ser despedido o bien intercambiar su puesto con la limpiadora que conozco, que haría cosas bellas con los números en lugar de cometer crímenes.

    Porque eso es lo que ha hecho el FMI en Grecia y en Portugal. Cometer millones de crímenes. Miles de ellos, asesinatos a sangre fría. Es la nueva forma de matar. Limpia, a distancia, sin ninguna responsabilidad y sin ningún motivo. El crimen perfecto. El mundo en el que vivimos.

jueves, 3 de enero de 2013

Feliz cumpleaños, Majestad

Majestad:
    Mañana cumple usted setenta y cinco años. Y se le nota, de verdad. Últimamente se cae usted con frecuencia y cualquier día tendrá un disgusto. De momento lo tuvimos los demás cuando, por una de esas caídas, nos enteramos de que va usted a sitios donde no debiera. Pasa usted mucho tiempo en los hospitales. Su locuacidad no es la que era, fuese antaño la que fuese. Una parte importante de su currelo consiste en ver cómo pasa el tiempo de pie derecho y su armazón no está para esos trotes.

    Por otra parte, tiene usted en casa a un pimpollo que a veces se afeita una barba largamente nevada. Un becario a punto de entrar en la cincuentena. Me acuerdo mucho de él. Quizás se levante  pensando que si el de usted fuese cualquier otro oficio él habría dejado de ser aprendiz hace diez años. Lo mismo cree que usted desconfía de él. Si es así, dígaselo y permítale irse de príncipe cesante a las Bahamas, a ver si así pierde ese rictus de haberse tragado un sable que le caracteriza. Si no es así, piense que un día glosará su figura en un discurso público y no estaría bien que insinuase siquiera que ese portó usted con él como Vilanova con Villa, permítame la broma.

    Sé que usted cree que lo de rey no es un oficio sino una condición. Pero se equivoca. Piense que incluso hay quienes nacen con la condición de hombre y mueren con la de mujer, que en este tiempo cambiante cualquier cosa pasa. Además bien sabe usted que las revoluciones han dejado el mundo abarrotado de peatones que fueron reyes. No, Majestad, lo suyo es solo un oficio. Sea usted moderno, sea uno más de nosotros, un jubilado cualquiera mirando cómo los obreros ponen bordillos. Véale el lado bueno: no tendrá que trabajar mucho menos y a cambio le dará a la Historia otro motivo para recordarle.

    Además, como ahora estamos tan obcecados con esto de la crisis, nos enfadará menos que el asunto de nuestra representación sea un tema que se ventile en el salón de su casa de usted.

    En fin, Majestad, disculpe que me haya ido por las ramas y reciba usted mi más sincera felicitación, que es lo que me había traído hoy hasta aquí.