viernes, 11 de diciembre de 2009

Haidar y el último de la clase

Publicada el 11 de diciembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

No comprendo por qué se hicieron tantos chistes con Fernando Morán y por qué Moratinos sigue indemne. Quizás porque lo de Haidar tiene poca gracia, pero, las cosas como son, hay que ser el último de la clase para que a uno le cuelen un gol como ese. La saharaui intentó quedar por encima de los policías de frontera marroquíes, quien sabe si porque después de su viaje a Estados Unidos se le había olvidado que Marruecos no es una democracia occidental, y los funcionarios norteafricanos se portaron como corresponde en un país que no es una democracia occidental. Por qué el equipo de Moratinos admitió el regreso de una indocumentada y, luego, porque era una indocumentada, no la devolvió al lugar del que vino, es un misterio insondable y una razón de peso para poner en la calle al responsable, sea jefe de negociado o ministro. Por qué Haidar decidió denunciar la estupidez de Exteriores matándose de hambre tampoco lo tengo claro, porque admitamos que si lo que quería era otra cosa, por ejemplo que la mandasen a su casa, esa era la última manera de conseguirlo. Haidar dice, en fin, que prefiere estar presa en Marruecos que detenida en España («The Guardian», 17 de noviembre) y añade que este país es cómplice de aquel, como si el trato fuera exactamente el mismo. Y luego se irrita por las formas que usan el médico y el juez para que no se muera y luego con el sumsum corda porque la llevan al baño o por cualquier otra cosa. Hay que profundizar mucho en el asunto para comprenderlo íntegro y no pensar que, además de todo, Haidar quiere hacer pagar a España la defectuosa descolonización del 75 (como si otras descolonizaciones hubieran sido mejores, por cierto).





viernes, 4 de diciembre de 2009

Denme la prensa

Publicada el 4 de diciembre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Cada día que pasa me gusta más leer el periódico y menos ver la televisión o escuchar la radio. La razón es bien simple: cuando tengo el periódico en las manos leo lo que me viene en gana y cuando conecto la televisión o la radio me obligan a escuchar el último pedo que se han tirado Messi o Ronaldo. No es verdad que uno pueda cambiar de emisora, porque allá donde mande uno el dial o el tedeté escuchará cualquier cosa que tenga que ver con el fútbol: lo que pasó, lo que está pasando o lo que pasará, en formato de noticiario, de sección de cualquier otro programa o de promesa requeterrepetida de retransmisión. Las empresas audiovisuales compiten por dedicarle más y más tiempo, ignoran los acontecimientos que sus medios no dan en directo, subrayan como noticia que han captado (cooptado) la atención de millones, pastelean, en fin, con la realidad. La información no está sólo en el resultado de un partido sino en los entrenamientos, en los autobuses donde viajan los jugadores, en los hoteles donde se alojan y ahora ya en las calles de las ciudades de donde son los equipos que ganan cualquier fin de semana, que se llenan de espontáneos destrozalotodo por la única razón de que ahí están las televisiones para filmarlos. Curiosamente, esta vorágine de información aparente contiene cada vez menos información y más opinión, desde el «sí bueno no» de los peloteros más lenguaraces hasta el modo en que catorce comentaristas, locutores y ex-cualquier-cosa metidos a expertos en ciencias futbolísticas, hacen tesis doctorales con el partido mientras se olvidan de contarlo y el oyente se entera del gol por el aboroto de los micrófonos de ambiente. Denme la prensa, por favor, y quédense lejos radios y televisiones.