viernes, 17 de mayo de 2013

Madera de líder

Cuando Mourinho obliga a su talentoso grupo de jugadores a no rebasar el medio campo su objetivo es ganar el partido. Le da igual que sus detractores digan de él que niega el fútbol porque su idea del fútbol es ganar títulos, no cómo se ganen.
    Los líderes de la oposición son algo así. Quieren ganar su partido y no les importa cómo. Lo aprendimos con aquello de «OTAN, de entrada, no», que fue la manera que tuvo el PSOE de avisarnos de que la transición se salía entrando en un mundo de medias verdades y grandes mentiras y, desde entonces, no hemos dejado de asistir a una trapacería creciente de los aspirantes a gobernar. Las grabaciones de sus años de oposición muestran esa cara de Rajoy. El miércoles lo veía dando un discurso apocalíptico sobre la inmigración cuando aquí había trabajo para todos y fortunas para los constructores. Cuidado, que nos invaden -venía a decir-, con el apoyo de Zapatero.
    ¡Menuda madera de líder! En lugar de escrutar la realidad, tranquilizar a la población, transformar el miedo irracional de algunos en una fuerza positiva; en lugar de decir que la llegada de inmigrantes era un signo de riqueza y no de debilidad; en lugar de prometer un país donde los inmigrantes se consolidasen durante generaciones, como los grandes países del planeta; en lugar de eso, digo, se subió al discurso fácil de la xenofobia que se respiraba en las cafeterías y otros templos de la sabiduría y advertía de que cuando llegase al gobierno eso iba a cambiar. No iban a marcharse -decía- más andaluces a la vendimia francesa mientras aquí llegan riadas de inmigrantes a -se intuía- quedarse con sus lucrativos trabajos de peones y jornaleros.
    Ya ha llegado al gobierno. Ya ha ganado el partido, con ese y con otros discursos de semejante ralea, y ahora no hace falta que tome ninguna medida para que no vengan inmigrantes. Ojalá supiera tomar alguna para que se queden. Ojalá fuese un líder en el que pudiésemos confiar.

viernes, 10 de mayo de 2013

Los nervios del PP

Posada, Gallardón y Cañete, entre otros, repiten que el ejercicio de la ciudadanía termina con el voto; que, después, los ciudadanos dejan de ser competentes para opinar y los asuntos solo pueden discutirse entre los legítimos representantes. Cospedal reta, además, a que cualquier colectivo que quiera defender su punto de vista se mida con los partidos en la arena de las elecciones, como si el 15-M y el PPSOE pudieran competir en igualdad de condiciones. Wert se siente agobiado por cinco periodistas y se niega a contestarles qué opinión le merece la opinión que le merece su reforma a su hermano. Aguirre entra al trapo que le tienden unos pocos manifestantes y discute más como una verdulera que como una aspirante a presidir, digamos, un país. Cotino se muestra incapaz de decir otra cosa que gracias, gracias, métase el micrófono donde le quepa. Fabra, el padre de Quesejodan, se disfraza de hombre honrado para definir a Bárcenas como un sinvergüenza...

El Partido Popular está nervioso, y si no lo ve es por aquello de la paja en el ojo ajeno. No es para menos. Mientras gobierna cada vez más para el capital y la Iglesia, cada día aparecen centenares de nuevos contratos públicos que, en todo o en parte, en esta parte del proceso o en aquella, terminaban en el PP, en el bolsillo de dirigentes, familiares y amigos o en ambos. Entre col y col nos enteramos de que hace años un juez acreditó que Gallardón el Pío despidió a su secretaria cuando se quedó embarazada y ahora tiene la cara de decir lo que dice sobre la dignidad de las mujeres, o que también Aznar cobró gastos de representación cuando, como presidente del gobierno, tenía todos los gastos cubiertos, de manera que o desconfiamos de él o aceptamos que no cobró nada... salvo alguna cosa en diferido. 

Que todo esto no tenga más consecuencias que llenar los informativos de según qué medios se explica porque en esta democracia la mayoría absoluta lo resiste todo. Pero eso no tiene que significar que a los ciudadanos se nos castigue un día sí y otro también con la exhibición de tanta impudicia. ¿O sí?