jueves, 17 de noviembre de 2016

Pintan bastos


Cualquier partido que pierde unas elecciones atraviesa una crisis. Cuando las cosas pintan mal, de todos los aparatos salen críticos diciendo “ya lo decía yo, dejadme que sea yo el que arregle esto”.

La diferencia entre la norma general y lo que está pasando en el PSOE es que éste se ha instalado en un escenario de derrota permanente. Los defenestradores de Sánchez (en apariencia todos a la orden de una sultana que ahora juega a mostrarse obscenamente al margen de lo que está ocurriendo) no tienen ninguna prisa en arreglar nada. Dan por descontado que perderán cualquier elección antes de 2020, y necesitan tiempo no para ganar sino para tener una derrota honrosa. Probablemente, su horizonte sea el de las elecciones de 2024.

Ese proceso exige por lo menos dos estrategias. La primera es enfriar a las masas enfurecidas que no entienden de política de palacio y apoyaban el no de Sánchez, no para ganar las terceras elecciones sino para morir con honor, ya que se iba a palmar de todas formas. Y en eso es en lo que están Javier Fernández El Suave y los suyos (o los de la sultana).

Enfriar a las masas, a su vez, exige dos maniobras. Una, dejar pasar el tiempo, un poco a lo Rajoy, si se me permite. Otra, liderar una reacción termidoriana que acabe con los jacobinos. Esta segunda parte es fundamental no solo por revancha sino, sobre todo, para aleccionar a futuros mesías y para mostrar a los afiliados que ellos son solo figurantes. Necesarios, pero figurantes.

La segunda estrategia es permitir que el PP gobierne cuatro años. La idea es que para entonces el PSOE salga del ridículo y sea el primer partido de la oposición. El asunto de Fernández Díaz (hacerse los tontos para que sea nombrado presidente de la comisión de Exteriores) ha mostrado esta estrategia con una claridad meridiana, así como que jugar esa partida va a ser muy difícil y volver a los viejos tiempos quizás sea imposible. De hecho, si el PSOE se convierte en el principal apoyo para que el PP llegue a 2020, la duda no es cuándo volverá a gobernar sino cuándo terminará disolviéndose.


Curiosamente, como el de los equipos de fútbol que hacen malas campañas, el futuro del PSOE no depende de sí mismo sino de que el PP no lo necesite demasiado y Podemos no se desvanezca entre estrategias y territorios.