viernes, 12 de mayo de 2017

Carta de ajuste



Me pregunto qué pasaría en este país si en lugar de ponerle todos los días el micrófono al capitán del equipo que acaba de hacer historia, la hizo la semana pasada o está a punto de hacerla en las próximas horas, las televisiones hicieran un fundido a blanco. ¡Cómo amaríamos el silencio! O qué pasaría si para hablar de valores invitaran las televisiones a intelectuales y no a tuercebotas. A lo mejor, no se depreciaba el sentido de esa palabra, que está llamada a ser arrastrada hasta el desgarro de ahora en adelante por platós, vestuarios y zonas mixtas. O qué pasaría si el fútbol fuese solo un espectáculo donde se meten goles (o no) y no el contenido de tratados enciclopédicos no menos interesantes que el sabor y el color del agua. O si nos beneficiaríamos todos de que  existiese un código deontológico que impidiese llamar a esto periodista. A lo mejor, a la gente no le daba por pegarse con los contrarios, o le daba menos. O a lo peor tampoco, vete a saber. O qué ocurriría si los medios compitieran por imponer un lenguaje elegante o, por lo menos, por huir de la ramplonería que les hace ser calcos unos de otros de la misma pobreza idiomática. ¡Ay!, si volvieran los bellísimos tiempos en los que la información deportiva era un apéndice del informativo y no al revés, uno podría desayunar sin escuchar horrores de sintaxis, sin preguntarse en qué asignatura de Periodismo se enseña a hacer preguntas estúpidas y sin echar de menos la carta de ajuste, aquella cartulina que te avisaba de que todavía no se había abierto el mundo, que todavía podías descansar y estar un rato más contigo mismo.

viernes, 17 de marzo de 2017

Salir corriendo

Es sorprendente el montón de maneras en que los artistas han imaginado un cuerpo muerto en una cruz, alguna verdaderamente retorcida. Y es decididamente deprimente recorrer las salas de un museo repletas de odas a la muerte. Decenas de crucifixiones, todas ellas distintas, repartidas en las paredes, en vitrinas, mostradas exentas incluso; hechas en madera, en pintura, en marfil; con colores y sin ellos; con el cuerpo vestido y desnudo… A los cristos les sumamos los rostros transidos de dolor de los acompañantes del Gólgota; las escenas espeluznantes de martirios; las lágrimas de vírgenes y santas; las matanzas de inocentes; los rostros severísimos y ancianos de apóstoles y otros personajes bíblicos.

Los museos de arte católico (los museos, vamos) son una inyección de pesimismo, una negación de la vida, la mejor prueba de lo que es una religión contra la vida por más que la Teología insista en que la Muerte por excelencia se produjo para darnos la vida a los demás (quien lo entienda, que lo compre).


 Mis dos últimas salidas turísticas han tenido como destino ciudades castellanas, donde es mayor la reciedumbre de la versión más castrante de la religión, y a pesar de mi interés mediano por la Historia del Arte, del último museo salí corriendo, despavorido, harto de esa muerte al por mayor repartida en centenares de metros cúbicos de espanto.

A la salida, el aire frío de marzo transportaba los acordes de una sub-música de cornetas y tambores y, aun temiendo lo que me iba a encontrar, acudí hacia ella con la mansedumbre del turista que no puede perderse el espectáculo que se le sirve en la calle, sea cual sea.

Y de nuevo me encontré con otro cuerpo sangrante subido a una peana. Lo rodeaban gente que parecía convencida de estar ejecutando cosas muy importantes, como hacer que el teatrillo ambulante cambiase de calle sin estamparse con una esquina, grabar el paseo, cargar con más cristos portátiles, estar triste, desfilar con el pecho henchido…

Me di cuenta entonces de que en las esquinas de las calles había pegados azulejos con más cabezas ceñidas por coronas de espinas, estampas de santos llorosos, otros mártires ensangrentados. De pronto me vi rodeado por edificios encargados y pagados por los patronos de todo ese relato, cuyos muros hacen referencia a los mismos episodios terribles, y finalmente me pareció que toda la ciudad era un gran escenario de lo gore.

Corrí hacia el hotel, temiendo de pronto que se me echasen encima los monstruos horrísonos que salían de los aleros, que me alcanzasen los instrumentos de tortura, que las escaleras con sudarios anudados a los peldaños me obstaculizasen el camino, que me persiguiesen procesiones de santas rezando letanías monótonas y angustiosas. 

Hice la maleta de cualquier manera (como siempre) y, cuando anochecía, me subí al coche y me fui de la ciudad. He prometido no volver a la vieja Castilla por lo menos en una década. Me da miedo.

jueves, 9 de marzo de 2017

Espionaje

Dice la gente de Assange que los espías yanquis pueden acceder a todos los teléfonos y televisores del orbe y escuchar nuestras conversaciones en vivo y en directo.
     No puedo evitar representarme la imagen de un funcionario de la CIA –traje, corbata, gafas de sol, sándwich de pavo, taza de loza con café- cuyo propósito en la vida es sentarse a su ordenador y leer los mensajes de whatsapp que intercambio con mi amante.
     Ayer decidí subir el interés que despierto en la CIA y le dije a mi chica (bueno, se trata más bien de la otra, pero se me entiende el gesto de cariño) que tenemos que introducir en nuestros mensajes palabras que despierten el interés de la inteligencia norteamericana:
      - Ayer sentí tu orgasmo como una bomba que retumbó en mis pelotas.
      - Esta noche estoy dispuesto a inmolarme, ahogado entre tus tetas como si me torturasen en las duchas de Abu Grahib.
      - Eres una terrorista capaz de deshacer la fuerza de mis misiles con un movimiento de tu entrepierna.
      Esta noche echaremos unas risas cibernéticas imaginando cómo al espía se le pone dura leyendo bomba, inmolarme, misiles y tal, y, no sé, a lo mejor hacemos algo de sexo telefónico para completar la jugada.


La verdad es que la revelación de Assange no revela nada. Todos sabemos que estamos viviendo ya la distopía del gran hermano. Nos fotografían, graban, monitorizan, en las carreteras, las calles, los cajeros automáticos, las estaciones, los aeropuertos, los edificios públicos y privados… Podría hacerse un centenar de informativos diarios solo con las curiosidades que registran esas cámaras. Que miren dentro de mi móvil o del salón de mi casa me da lo mismo: justo ahí es donde no tengo nada que ocultar.
     Lo que no sé es cómo dispone la CIA, el CNI y demás agencias (¿o es que solo lo hacen los yanquis?) de tantos espías para vigilar a tanta gente. Es posible que a estas alturas la mitad del mundo seamos espías y la otra mitad espiados. Dentro de poco, cada uno se espiará a sí mismo y se denunciará él solo a las autoridades.
       Y, de todos modos, no es para ponerse de ninguna manera. Las personas siempre hemos estado sometidas al escrutinio de los otros. ¿O es que en las sociedades rurales el control social no limitaba los movimientos y hasta los deseos de la gente desde la mañana hasta la noche? Sólo ha cambiado el ámbito. El espionaje al que las vecinas sometían a mi abuelo no era, para él, menos global que aquel al que me somete el espía que tiene erecciones cuando oye que me voy a inmolar

viernes, 3 de febrero de 2017

Caricias

Casi para sorpresa mía desde hace algunos meses, vive en mi casa un gato, doce años después de que una felina me instruyese sobre el modo de convivir con esta especie.
 
Llevo unos días de rodríguez y yo no he alterado en absoluto mi relación con el animal, que consiste en no hacerle ni caso, salvo cuando le pongo unos puñados de pienso después de que maúlle y me mire desde su corta estatura. Sin embargo, él sí se ha transformado, yo diría que contra todo pronóstico, y, si bien durante todo el día me ignora como yo a él, por las mañanas muestra un comportamiento realmente notable.
 
Un poco antes de la hora en la que habitualmente me despierto, sube a mi cama, me pisotea suavemente con sus zarpas almohadilladas y acerca su rostro hasta mi cara. Su aliento ligero y el cosquilleo de sus vibrisas sobre mi piel me obligan a abrir los ojos, y me encuentro con los suyos de pupilas grandes como cuevas grandes que me miran sin que yo sepa buscando qué.
 
En cuanto siente que lo miro, el animal ronronea (lo que parece que significa que está a gusto) y se deja caer sobre mi pecho, y si cojo el libro para leer el capítulo que dejé anoche a medias, se arrastra un poco y lo empuja con su cabecita insistentemente para que lo suelte y emplee mis manos en acariciarle el cuello o, bien, esa parte que en la merluza llamamos cocochas y que tan lejos está en la anatomía humana de los sitios que realmente nos gusta que nos acaricien.
 
Así pasamos un buen rato, lo que significa aquí que es duradero y que es agradable. Y cuando me canso de hacer de acariciador de gato y decido levantarme, el bicho se pone a cuatro patas, salta al suelo y corre apresurado fuera del dormitorio como para guiarme hacia el siguiente destino. Así lo deduzco porque lo veo mirar hacia detrás, como para asegurarse de que lo sigo, y cuando llegamos al lugar donde tiene su cuenco de comida inicia el breve rito de maullar y mirarme desde su corta estatura.
 
Me permito asegurar que en su carrera hacia la comida es feliz a la manera en la que sean los gatos, quizás de forma parecida a como lo somos nosotros a la entrada del restaurante. Pero también lo es durante los minutos previos, los únicos el día en que cada uno de nosotros parece ser consciente de la existencia del otro.
 
Y lo que más me llama la atención es que el bicho antepone el placer del afecto, a la manera en que lo vivan los gatos, al de la satisfacción del apetito, porque, de lo contrario, cuando va a mi cama maullaría en lugar de acurrucarse sobre mí.
 
Nada más sorprendente podía pasarme en mi pequeño reposo de rodríguez que enterarme de que para los gatos sentirse queridos unos minutos puede ser más importante que llenar la panza, al menos cuando la experiencia les dice que el estómago no pasará grandes penurias.