¿A que usted no sabe que rescatar a Irlanda significa que los impuestos de los europeos servirán para que los accionistas del Dutsche o del Lloyds cobren sus dividendos y las plusvalías financieras que pensaban obtener de este país cuando le prestaron dinero al gobierno? Nuestros impuestos no pagarán el sueldo del médico rural de Connemara sino las plusvalías del presidente del Dutsche. Se rumorea que ahora querrán cobrar de golpe la deuda española utilizando el mismo mecanismo de vender insoportablemente caro el dinero que el gobierno necesita. Ayer se lo vendían 2,5 veces más caro que a Alemania. Pero esta noche pueden ponerse de acuerdo en un restaurante y el lunes pedir veinte veces esa cantidad. Así, el viernes Bruselas les da todo lo que se les debe y el primero de enero el gobierno baja el sueldo a los funcionarios un 15% si eso es lo que piden los banqueros para reconsiderar la cuantía acordada en la cena de hoy. Que eso no ocurra depende solamente de la voluntad de estos sinvergüenzas y por eso los políticos cada vez más parecen sus mayordomos, preocupados en exclusiva por hacer que el amo se fie de ellos (generar confianza, se le llama, aunque tampoco sirve de mucho si consideramos que el gobierno irlandés practicaba justo la política que prefiren los banqueros). Mientras alguien se pone a construir un gobierno global que meta en cintura a estos especuladores globales, podríamos recordar que Felipe II declaró tres veces la suspensión de pagos del Imperio más grande que ha habido nunca y los banqueros doblaron la cerviz. Vale. No será lo mismo. Pero esto está empezando a pasarse de castaño oscuro.
jueves, 25 de noviembre de 2010
jueves, 18 de noviembre de 2010
Laporta y los pragmáticos
Publicada el 5 de noviembre de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Laporta ha declarado que su objetivo es la independencia de Cataluña. Tiene claro que el camino es que el parlamento catalán declare la existencia del Estado catalán y que para eso solo hace falta que 68 catalanes que hayan cogido sitio en el legislativo piensen como él. Lo que no he encontrado ha sido ninguna declaración sobre qué haría en Cataluña una vez que fuera independiente. O no se lo han preguntado o no lo sabe o le da igual. Dado que su argumento independentista es el de la balanza fiscal, cabe en lo posible que el siguiente paso sea proclamar la independencia de Barcelona o mandar Segriá a Aragón. Por otra parte, creo que el aspirante peca de iluso si es sincero al considerar que la UE admitiría al nuevo Estado como en casa admitimos al novio de nuestra hija (lo mismo les promete una gira gratis del Barcelona), pero eso es cosa suya. Lo que quiero subrayar es que debemos agradecerle que diga abiertamente lo que quiere porque establece una deseable diferencia entre los nacionalistas y los independentistas. Estos son los que quieren marcharse y aquellos los que prefieren aprovechar las mayorías simples para conseguir del Estado cuanto interese a su territorio. Estos unos extremistas al gusto del siglo XX (a lo Princip o Tudjman) y aquellos unos pragmáticos a los que no les importa vestirse de grandes estadistas (pónganse de acuerdo Zapatero y Rajoy y dejen de hacer el idiota, decía Durán no hace mucho) mientras los que dicen serlo solo enhebran el discurso que cabría esperar de dos campesinos tozudos peleando por una cuestión de lindes. Seguramente las cosas le van mejor a quien más se lo merece.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Desatención al cliente
Publicada el 5 de noviembre de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Si el ministro de Industria o la ministra de Consumo tuvieran que hacer personalmente las gestiones con Telefónica haría mucho tiempo que el servicio (por llamarlo de alguna manera) de atención al cliente (por respetar el nombre que le dan) habría cambiado. Pero como esas gestiones se las hacen sus secretarios a la voz de «el ministro quiere» y llaman a un sitio que no es el mil cuatro, las cosas andan como andan. La diferencia entre el oficinista K., protagonista de «El Castillo» o el agrimensor Joseph K., de «El proceso» y cualquiera de nosotros es solamente literaria. Quiero decir que Kafka inventó esos personajes y nosotros existimos de verdad. Si viviera hoy, Kafka no pasaría de ser un periodista de «Callejeros» en busca del disparate, así que debemos agradecer al siglo veinte haberle permitido vivir antes de la liberalización de las telecomunicaciones en España. Las biografias de Villalonga y Alierta no profundizan en sus gustos lectores, si es que los tienen, de forma que no puedo asegurar que Telefónica haya diseñado su servicio de humillación del cliente siguiendo a las novelas del checo, pero cabe en lo posible: quizás las mujeres de sus ejecutivos si hayan leído cosas. La manera en la que están adiestrados los operadores sudamericanos para sacarnos de quicio sin resolver jamás nada sería un delito en cualquier lugar donde la salida natural de un ministro cuando deja de serlo no fuera un despacho de una gran empresa del ramo cuya actividad ha tenido que regular para el supuesto beneficio de los ciudadanos. Lo que no es nuestro caso, naturalmente.
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