jueves, 16 de abril de 2009

Pensamientos vagos

Publicada el 10 de abril de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

H
asta hace poco, cuando iba reconcentrado en mis cosas y no quería que me distrajera el mundo exterior, caminaba por la calle sin gafas. Los jóvenes lo hacen sin oídos y se pierden el canto de los pájaros y las bocinas de los coches que están a punto de atropellarlos. Yo solamente me perdía el detalle de las cosas pero nunca puse en riesgo mi vida ni dejé de percibir las que eran realmente importantes. Me pareció una forma de convertir un defecto en una virtud. Sin duda, pues, una maniobra inteligente digna de mí. Pero las gafas progresivas que acabo de estrenar lo complican todo. Ahora las cosas en las que debo ir siempre muy concentrado no son otras que ver y hacerlo con la suficiente solvencia como para medir adecuadamente la altura de los bordillos, la cercanía de las farolas y la proximidad de las jóvenes, que pueden creerse que en lugar de presbicia tengo rijo. Mal adelanto me parece este, que me ha hecho perder mi habitual donosura en el mirar y me obliga a hacerlo con gesto aviesado, de forma tal que pasan ya de la docena los amigos que han dejado de serlo, ofendidos por los ojos esquinados que les dedico. Cuando descubro que si no las miro bien, las letras son manchas desdibujadas y -cosa nueva- oscilantes como la cubierta de un barco en tarde de tormenta, me veo de nuevo en la ocasión de convertir el defecto en virtud. He corrido a la librería y me he comprado las obras completas de Kant. Ahora paseo con el librote por doquier, me siento en una cafetería y paso por ser uno de los personajes más intelectuales de la ciudad cuando lo cierto es que mientras me tomo el café aprovecho para hacer lo que hacía antes mientras paseaba sin gafas: perderme feliz en mis pensamientos vagos.