viernes, 25 de junio de 2010

Sombra

Publicada el 25 de junio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Es seguro que, cuando hicieron sus planes para el futuro, los dioses supusieron que los hombres inventaríamos los espejos y que los utilizaríamos no para admitir el paso del tiempo sino para ocultarlo bajo afeites y pócimas. Por eso inventaron la sombra. La disfrazaron con un argumento técnico (la técnica siempre ha dado cobijo a la ideología) y la convirtieron en el resultado de interponer un objeto opaco en la trayectoria de un haz luminoso. Pero eso son solamente apariencias. La sombra es un invento divino pensado para impedir que los hombres nos dejemos llevar por los sueños. La sombra es la distancia que media entre la realidad y la imaginación, la suposición y el deseo y si arranca siempre de nuestros pies es porque es aquello que con más fuerza nos sujeta a la tierra. Cuando usted camina por la calle y se ve reflejado inadvertidamente en un escaparate, encogerá el abdomen para ofrecer en la siguiente cristalera una versión mejor de sí mismo, pero usted sabe que esa es una mejora fugaz y que la sombra le va a recordar en cada pared de la ciudad que no, que a ella no puede hacerle trampas. El otro día pedaleaba sobre mi bicicleta a un ritmo no menor al de Cancelara y estaba satisfecho como nunca de la eficacia de mi musculatura cuando miré sin querer la sombra que arrojaba sobre la cuneta y me di cuenta de que mi cadencia de pedaleo estaba más próxima al cero absoluto que a la fantasía que me habían proporcionado las endorfinas. Así que de inmediato dejé de volar como un atleta de elite y me dediqué a pasear como un aficionado débil y voluntarioso y a pensar en estas cosas tan propias del verano, ahora que las sombras son más oscuras que nunca.