jueves, 24 de marzo de 2011

De remedios y enfermedades

Publicada el 25 de marzo de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.



La de Biafra me enseñó que la guerra es una cosa que pone la barriga de los niños hambrientos como la de los adultos que se hartan de comida tres veces al día. Otras que vinieron después me mostraron que la guerra es una cosa que convierte los edificios en escombros. Pero ni una ni otras me contaron cómo empieza ni qué pasa entre los niños barrigudos y los cascotes polvorientos. Todo cambió con la primera guerra de Irak, no sé si porque ya éramos europeos (y nada humano nos era ajeno) o porque la cenene, como el famoso dinosaurio, ya estaba allí cuando empezó. El caso es que hoy sabemos que una guerra consiste en que unos aviones de Estados Unidos bombardean una ciudad y la tele nos muestra unos cientos de balas que se elevan hacia el cielo como si fueran fuegos artificiales y se desvanecen de igual manera, sin hacer explotar ninguna aeronave enemiga (suya: amiga nuestra). Luego, el país agredido nos enseña que los bombardeos han hecho serrín hospitales y escuelas y el mundo no le hace caso, no porque no sea verdad sino porque le da igual. Porque ya nos lo sabemos. Igual que sabemos que después de cargarnos las defensas antiaéreas del malo no sabemos si entrar con la infantería y enredarnos en años de guerrillas o abandonar y dejar con el culo al aire a los que nos vitoreaban por las calles como si fuéramos a darles de comer gratis. Sería bueno que la próxima vez que vayamos a cargarnos a un dictador decidamos antes cómo lo vamos a hacer. De lo contrario, seremos nosotros los que acabaremos con los movimientos populares, que terminarán por creer que es peor el remedio que la enfermedad.