jueves, 15 de marzo de 2012

El gimnasio

Publicada el 16 de marzo de 2012 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Dejando aparte la crisis, de lo que se habla en todos los corrillos es del gimnasio. No diré su nombre por si contraviene la política editorial de la empresa editora, pero lo cierto es que desde que abrió, en las afueras de la ciudad, no es posible escuchar una conversación ajena que verse sobre algo distinto de la piscina, el estep, el espinin, los pilates o lo que quiera que se haga allí adentro. Juan Bautista Arúspide, cuentista hondureño tan importante como desconocido, se habría exiliado a la manga del mar Menor, lugar que aborrece, con tal de alejarse de un lugar incapaz de proporcionarle el argumento más pequeño para uno de sus relatos. Fue Arúspide el que me dijo un día que sus pequeñas tramas tienen su origen (y a veces hasta su desenlace) en los sucedidos que escuchaba ejerciendo de paseante anónimo por las ciudades europeas. Así que de Cuenca tendría que marcharse una vez que hubiese escenificado el relato del hombre «de cuarenta y cinco y más» enamorado de la joven hada de piernas gráciles y senos breves que cada tarde, con su mirada leve, le insufla el aire suficiente para empujar hacia los pectorales cincuenta y tantos quilos sin romperse por abajo ni nada. Lo curioso (y exitoso) del gimnasio es que ha retirado de los salones de té a las cuarentonas, cincuentonas y hasta sesentonas de la ciudad, que han dejado de hacerle un traje a la hija descarriada de Paqui la Rubíes, y ahora narran cómo ponen tono en sus músculos en, diríase, un silencio reverencial, habida cuenta de que en los corrillos que hasta sin querer escucho no se mienta hada ninguna ni príncipe maduro que les haya guiñado un ojo, siquiera sea para salpicarse el sudor que le corre desde la frente.