jueves, 11 de agosto de 2016

El Greco o Ai Weiwei

El montaje central de la exposición de Ai Weiwei en la catedral de Cuenca es el conjunto de celdas que se agrupan en el claustro del edificio donde uno puede curiosear la vida carcelaria del represaliado. Al principio es un juego divertido asomarse por los ventanucos y ver desde distintos puntos de vista al preso y a sus guardianes, reproducidos a escala, mientras éstos vigilan hieráticos y aquel come, duerme o defeca. Pero al poco uno se siente incómodo y hasta un poco cómplice de la tiranía, de una forma parecida a como el que sabe que sostiene la trata de mujeres cada vez que entra en un burdel o la desaparición de la fauna marina cuando se trasiega una ración de chanquetes.

El sabor a acíbar con el que uno abandona el complejo de pequeñas cárceles es lo más que da de sí una exposición cuyo sentido está cogido con alfileres. Los programadores han juntado bajo el rimbombante título de La poética de la libertad la obra del asiático, unos paneles sobre Cervantes (que se pronunció en El Quijote sobre la libertad hace ahora cuatrocientos años redondos) y un puñadito de obras de los informalistas que se sacudieron la tiranía academicista y pusieron a Cuenca en el mundo hace otros cuarenta años, sin que haya vuelto a tenerse noticias de la misma (de Cuenca, digo). Con el mismo criterio se podría haber puesto a los Beatles como música de fondo.

El asunto, sí, entra con calzador y más que de la obra de unos o de otros habla de la manera en que se programa la cultura: si hoy toca Cervantes, entra en el menú de todas las subvenciones y si hoy toca Pinocho, no me hables de Cervantes, que luego no me salen las cuentas de todo lo que he pagado para honra y gloria del muñeco.

Quien dice Pinocho, dice El Greco. Google devuelve cincuenta millones de entradas cuando le pides El Greco y algo menos de setecientas mil cuando le pides Ai Weiwei. Para los que no tenemos otros medios de conocimiento sociológico, Google hace su papel, y a él me encomiendo para concluir que el cretense es setenta veces más popular que el chino. Es entonces cuando sufro un ataque de provincianismo y comparo con melancolía la importancia del programa cultural desarrollado el año pasado en Toledo en memoria de El Greco y el de este año en Cuenca en homenaje a AiWeiwei.

Para no pecar de ingrato subrayo, no obstante, el repaso que se le ha hecho a la Catedral de Cuenca. El monumento se ha convertido en un magnífico escenario de sí mismo. Es cierto que la luminosidad de ahora huye del recogimiento gótico como la mentira de la verdad, pero gracias a ello y a otros dispendios pueden verse detalles escultóricos, piezas importantísimas, dependencias y hasta paisajes que nunca estuvieron a disposición de los humanos de a pie. 

Si el disidente no le llama la atención al turista, lo que no sería de extrañar, que lo haga la Catedral y la increíble posibilidad de ver el rosetón a la altura de los ojos.

Impagable, y más aún por el precio de derribo le han puesto a la entrada.