viernes, 30 de octubre de 2009

Tratado de jardinería

Publicada el 23 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Si las condiciones no son adversas, la hierbabuena se extiende por los jardines con una eficacia sorprendente para el jardinero principiante. Una vez plantada en un lugar determinado, en poco tiempo afloran nuevas hojas a unos centímetros de allí y luego lo hacen un poco más lejos y después algo más todavía. En una temporada la planta colonizará una buena porción de jardín y, como sobrevive al invierno, puede ocuparlo todo en muy poco tiempo. Esto ocurre con otras especies menos gratas, como la grama, cuya proliferación sólo puede cortarse de raíz. Me explico. Si, para eliminarla, el jardinero arranca los tallos, descubrirá que éstos tienen su continuidad en un laberinto de raíces que se extienden por toda la superficie. Si tira de esa maraña y corta el laberinto las porciones de raíz que hayan quedado enterradas seguirán creciendo en el subsuelo y enviando a la superficie las hojas que necesita para respirar. La única solución que tiene el jardinero es levantar la tierra y extraer todas las raíces. Si no, la corrupción seguirá existiendo. Cada cierto tiempo el juez podará los brotes que más hayan crecido, pero no acabará con ella. En realidad, el juez no tiene en sus manos la solución del problema porque no le pagamos para eso. Quien tiene que acabar con la planta invasora es precisamente quien la pone en el suelo. Mal asunto, pues. Los tratados de jardinería dicen que la otra forma de acabar con la mala hierba es evitar que le llegue una gota de agua, pero eso se contradice con el concepto de jardín y, además, si fuese posible hacerlo, al primer síntoma de que se acabó la sequía, el mecanismo volverá a ponerse en marcha.