viernes, 16 de octubre de 2009

Un paseo en el metro

Publicada el 9 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Perezoso como he sido siempre, cuando joven desarrollé una cierta capacidad para localizar el vagón del metro donde había asientos libres y la accesoria de saber colocarme en el andén para ser el primero que subiera al ingenio. Pero también es cierto que cada vez que conseguía un lugar donde posar mis posaderas, vivía un desasosiego interno que duraba, a veces, tanto tiempo como el que tardaba en abandonar el vagón. Ocurría que mi otro yo, el yo-buena-persona que consiguieron mis padres de mí contra todo pronóstico, se rebelaba y no paraba de buscar entre los pasajeros al inválido, la embarazada o el anciano a quienes debía ceder el asiento. Mi yo-perezoso luchaba contra esa pulsión y miraba a la negritud de los cristales o pensaba en las musarañas con tal de negar a nuestros ojos (los dos «yo» compartimos los órganos visuales, amén de todos los demás) la visión de lo que me haría ponerme de pie. El otro día, en fin, volví al metro y en mi interior se despertó la vieja habilidad de buscar el vagón menos lleno. Subí con la presteza de aquellos años y alcancé un asiento entre una ecuatoriana cuya hija regresaba mañana al transocéano y una mujer fea que roncaba con desenvoltura. Como ocurría entonces, mi yo cortés se lanzó a la búsqueda de inválidos, embarazadas y ancianos y ocurrió la maravilla de que, no habiendo nadie de las dos primeras categorías, no encontró en todo el vagón a ninguna persona que, por su edad, mereciera más que yo el privilegio de ir sentado. Así que cerré los ojos, satisfecho de no tener que enfrentarme conmigo mismo, y di dos vueltas enteras en la línea 5 antes de bajarme en Callao para ir a la fnac.