viernes, 30 de julio de 2010

Supemercados

Publicada el 30 de julio de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.



He decidido veranear en los supermercados de la ciudad. No hay sitio más fresco entre el Cabo Norte y la Punta de Tarifa. Prefiero el pasillo de los lácteos. La brisa que sale de los frigoríficos refresca mi piel mejor que un baño de agua helada y el aire no está contaminado con las bacterias del pescado, por ejemplo. Es increíble que uno pueda estar junto a cientos de kilos de comida y que no huela absolutamente a nada. No estorbo en el supermercado. Me he hecho un pequeño vivac donde leo, tomo apuntes y desde el que observo a los clientes. A un gesto mío, los empleados identifican al cliente que ha robado un trozo de queso y la mercancía escamoteada es detenida en la caja con tanta discreción como contundencia. Algunos cleptómanos han agradecido ser rescatados de su pulsión criminal con semejante elegancia y han dejado una propina generosa. Sé que no me porto bien porque soy un chivato pero en tiempos de adversidad lo importante es sobrevivir. Cambio de supermercado cada cierto tiempo, así que si ayer no me vio en el suyo es porque estuve en el de un barrio diferente. Esto me sirve para seguir pasando desapercibido y para que los gerentes de los establecimientos aprendan a echarme de menos. Uno tiene que hacerse valer. Naturalmente, no cobro por mis servicios, aunque algunas empleadas creen que soy un indigente y al terminar la jornada me regalan alguna porción de comida a punto de caducar. Entonces me voy a la orilla del río. Hay un sitio donde huele a cieno y los petirrojos se acercan a recoger las sobras que disemino a propósito. Se está tan mal allí que me voy a dormir deseando que abran de nuevo los supemercados.