jueves, 11 de agosto de 2011

Guggenheim

Publicada el 12 de agosto de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
 

Dice mi amiga Amaia que el Guggenheim es como uno de esos cacahuetes que abres con la ilusión de encontrar dentro tres o cuatro frutos hermosos y donde solo hay dos cagarrutas secas. He conseguido que me acompañase hasta la puerta pero no que entrase conmigo. Dice que si el millón de visitantes que recibe cada año supiese lo que se iba a encontrar dentro, no pasarían de un puñado los soplapollas que pagarían los trece euros de la entrada. A su juicio, podían haberse ahorrado las puertas al construir el edificio. El último albañil saldría por una gatera y desde afuera soldaría la placa de acero definitiva. Así, la gente le haría fotos desde la calle como se las hace a los huevos del caballo de Espartero, sin esperar que sirvan para otra cosa. Amaia me llevó después de comer porque me dijo que por la mañana hay colas enormes y que yo desesperaría y a ella la detendría la Ertaintza por descojonarse con escándalo de los panolis que enriquecen así a la patria. Dice que dentro del museo hay que hacer cola para entrar a una sala donde hay un cubo y un trozo de escayola, y otra cola para ver un muñeco de plástico con un tomate enorme en el lugar de la cabeza y un palo metido por el culo. «Es cierto, tú», me dice, «hay un gallinero que guarda bombillas en lugar de gallinas, y la gente se sienta a ver a oscuras vídeos que los guionistas de El Intermedio descartarían por ingenuos y otros tan insoportables que ni cuando lees lo que quieren decir estás de acuerdo en que no encierren de por vida a su autor.»
Resumida así la opinión de mi amiga, no desvelaré si finalmente saqué mi entrada o me fui de pinchos.