jueves, 15 de diciembre de 2011

El lobby

Publicada el 16 de diciembre de 2011 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Es sabido que Adam Smith desconfiaba de los empresarios más que Marx, o por lo menos lo mismo. El padre del liberalismo estaba preocupado por el bienestar de toda la sociedad y creyó que el camino se encontraba, paradójicamente, en el egoísmo de los individuos y, especialmente, de los empresarios. Son los empresarios los que proporcionan a la sociedad los bienes que necesita movidos por su afán de lucro: los producen porque ese es su medio para enriquecerse. Así, un país será tanto más rico cuantos más empresarios egoístas tenga, lo que explicaría -aunque no lo dice Adams- las paupérrimas cifras macroeconómicas de la España contemporánea del escocés, aquella España dieciochesca que se conformaba con sacar para ir tirando y en donde el trabajo estaba tan mal visto como la peste negra. Pero Smith insiste varias veces en que la sociedad no debe fiarse de sus empresarios. Dice expresamente que si se acepta su intromisión en la política a través, por ejemplo, de un lobby los intereses del consumidor se irían al carajo. Y para Adam Smith estos intereses constituyen «el único fin y propósito de toda la producción». Si los muy liberales Aguirre, Cospedal y Rajoy tuvieran en cuenta a Adam Smith le habrían dicho a Rosell esta semana que se callara y el futuro presidente no se habría reunido con tanta celeridad con empresarios de todo tipo. Claro, que en el nuevo liberalismo lo primoridal parece ser el enriquecimiento del empresario, de la mano del político. Y a los demás, que les den.