jueves, 27 de diciembre de 2012

La tentación

No hago cola en ningún establecimiento. Será porque no se me ocurre en qué pensar mientras espero a que algo pase aunque, si alguien me pregunta, diré que es porque, si me quedo de pie, me duelen los riñones: a mi edad ya sé que las únicas respuestas que no generan nuevas preguntas son las que todo el mundo espera oír.
    Sin embargo, el otro día rompí esa regla en la peluquería. Aunque no me gusta ser un tipo contradictorio conmigo mismo, lo hice, y maldita fue la hora. Fui a sentarme pero, más que eso, me caí en un sillón demasiado bajo para mí y, mientras llegaba al fondo, pensé que el peluquero me pondría al día de cómo la corrupción en su país es aún más grande que en el nuestro, siquiera sea porque el país también lo es. Sin embargo, me equivoqué y solo se oía el entrechocar de las tijeras en la cabellera de un cliente también sospechosamente silencioso.
    Deseché por extravagante la idea de que la realidad me castigaba por haberme negado a mí mismo y me concentré en no quedarme dormido en medio de ese silencio, afectado como estoy por una peculiar narcolepsia que me ataca cuando apoyo la cabeza en cualquier sitio. Para evitar ese ridículo decidí leer un periódico deportivo, si bien no por contradicción sino por necesidad, ya que mi barbero no compra otro tipo de prensa.
    Como soy de los que empiezan el periódico por la última página, lo primero que vi fue una mujer casi vestida con un traje rojo a tono con estas fechas. Volví sobre la teoría de la realidad que me castigaba cuando percibí que la modelo mostraba la mitad de uno de sus pezones. Entonces me sacudió violentamente aquel sentimiento de culpa que los curas nos metieron a todos los de mi generación y que no experimentaba hacía muchas décadas. Lo mejor era no mirar donde podía haber pecado pero, si se hallaba incluso donde no era dable que existiese, mirar esa mitad que yo miraba era dejarse llevar por la tentación y, por lo tanto, era un pecado, mayor cuanto mayor fuese la curiosidad y el número de veces que mirásemos. Que mirase.
    Levanté la cabeza con miedo de que mi deslealtad conmigo mismo me hubiera penalizado llevándome hasta la peluquería del barrio donde viví cuando niño y sentí ganas de irme corriendo y dejarme el pelo largo.
    Pero, igual que en los peores sueños siempre hay alguien que lo despierta a uno, así el peluquero vino a rescatarme de una pesadilla fatal. Menos mal.