jueves, 3 de enero de 2013

Feliz cumpleaños, Majestad

Majestad:
    Mañana cumple usted setenta y cinco años. Y se le nota, de verdad. Últimamente se cae usted con frecuencia y cualquier día tendrá un disgusto. De momento lo tuvimos los demás cuando, por una de esas caídas, nos enteramos de que va usted a sitios donde no debiera. Pasa usted mucho tiempo en los hospitales. Su locuacidad no es la que era, fuese antaño la que fuese. Una parte importante de su currelo consiste en ver cómo pasa el tiempo de pie derecho y su armazón no está para esos trotes.

    Por otra parte, tiene usted en casa a un pimpollo que a veces se afeita una barba largamente nevada. Un becario a punto de entrar en la cincuentena. Me acuerdo mucho de él. Quizás se levante  pensando que si el de usted fuese cualquier otro oficio él habría dejado de ser aprendiz hace diez años. Lo mismo cree que usted desconfía de él. Si es así, dígaselo y permítale irse de príncipe cesante a las Bahamas, a ver si así pierde ese rictus de haberse tragado un sable que le caracteriza. Si no es así, piense que un día glosará su figura en un discurso público y no estaría bien que insinuase siquiera que ese portó usted con él como Vilanova con Villa, permítame la broma.

    Sé que usted cree que lo de rey no es un oficio sino una condición. Pero se equivoca. Piense que incluso hay quienes nacen con la condición de hombre y mueren con la de mujer, que en este tiempo cambiante cualquier cosa pasa. Además bien sabe usted que las revoluciones han dejado el mundo abarrotado de peatones que fueron reyes. No, Majestad, lo suyo es solo un oficio. Sea usted moderno, sea uno más de nosotros, un jubilado cualquiera mirando cómo los obreros ponen bordillos. Véale el lado bueno: no tendrá que trabajar mucho menos y a cambio le dará a la Historia otro motivo para recordarle.

    Además, como ahora estamos tan obcecados con esto de la crisis, nos enfadará menos que el asunto de nuestra representación sea un tema que se ventile en el salón de su casa de usted.

    En fin, Majestad, disculpe que me haya ido por las ramas y reciba usted mi más sincera felicitación, que es lo que me había traído hoy hasta aquí.