viernes, 21 de noviembre de 2014

El B2

Andan los profesores de la parte del país que conozco metidos en una vorágine sin precedentes y yo creo que sin demasiado sentido. Todo aquel que no está todavía en el destino que quiere o que sospecha que puede quedarse sin él (o sea, un porcentaje muy elevado que la administración no está dispuesta a reconocer, ni siquiera a medir o estimar) se ha puesto a aprender Inglés. Se sabe en unos casos y se sospecha en otros que quien tenga un papel que diga que el susodicho maneja el idioma con lo que, en el argot, se llama nivel de competencia B2, ascenderá montones de puestos en todas las listas habidas y por haber del escalafón docente.
     Por edad, quienes andan a vueltas con la gramática y la dicción inglesa son maestros o licenciados que estudiaron Inglés en la escuela y el instituto con el nivel de fracaso que se conoce a todas las generaciones de españoles hasta la presente. Pensar que quince, veinte o treinta años más tarde van a triunfar en esta tarea quienes no lo hicieron cuando sus cerebros eran más plásticos me parece ilusorio. Algunos podrán hacerlo, claro, pero en términos estadisticos lo considero un esfuerzo baldío. No obstante, Cospedal sigue empeñada en convertir el agua en vino y hacer que todos los profesores sean capaces de instruir en inglés, como si no fuera suficientemente difícil hacerlo en español. El tiempo demostrará que una cosa es gobernar y otra creer en milagros.
     Pero, mientras tanto, se está construyendo un tupido mercado de instituciones dispuestas a satisfacer la demanda. Las escuelas de idiomas, las universidades públicas -a distancia o presenciales-, universidades privadas, unidades docentes creadas ad hoc por la administración y otros centros de estudios y certificación se afanan por reclutar -gratis, por poco dinero o por una pasta gansa: de todo hay- profesores que emplean una parte variable de parte de sus tardes sin trabajo presencial en perseguir el saber, la utopía o el título; supongo que, sobre todo, el título.
     Lo que, según me dicen, en unos casos cuesta mucho esfuerzo; en otros, menos y en otros solamente cuesta dinero.
     Claro, que esto a Cospedal le importa un ardite porque eso no computa en las encuestas ni forma parte de los discursos.