martes, 18 de agosto de 2015

Cuestión de culturas

Me siento junto a una mesa ocupada por dos japoneses, presuntamente marido y mujer. No hay otra mesa libre en la terraza y, naturalmente, no soy xenófobo. Me hubiese sentado allí aunque mis vecinos fuesen indios sioux.
     Muy pronto he sacado de la mochila el libro que estoy leyendo y me he dispuesto a seguir con la faena. Hace tiempo que superé el conflicto interno que ataca a los turistas que, cuando se sientan derrotados después de horas de caminar, tienen mala conciencia por las calles que están dejando de pisar o los museos locales que no están visitando. Así que empecé a leer con la intención de no dejarlo hasta que me doliesen los ojos o los riñones. O hasta que terminase el libro, una novela negra de las que tanto me gustan en verano.
     Lo que ocurriese antes.
    Pero lo primero reseñable que ocurrió fue que el japonés alzó los brazos como si su equipo favorito hubiese metido un gol y acompañó el gesto con un bostezo como los de la señora Gregoria de mi infancia, capaces de atravesar cuatro tabiques para colarse a la cosa contigua y a la siguiente. Sorprendido por esa forma descortés de arrancarme de mi lectura, lo miré con el descaro suficiente para mostrarle mi desaprobación, pero el asiático me ignoró, mostrándome a su vez que yo se la traía floja.
      Seguramente, en su cultura aquel gesto no era reprobable.
     Volví a la lectura, un poco molesto por la compañía, pero recuperé mi preocupación por el quebranto interior de Rachel, la protagonista alcohólica de mi novela. No duró mucho, sin embargo, porque el japonés, tras madurar la tónica que se había tomado, eructó como un campeón del mundo de la especialidad y atrajo sobre sí mi mirada atónita, la de toda la terraza e incluso la de Ronda entera, ciudad muy hecha a recibir viajeros del antiguo Cipango.
     No quiso la esposa quedarse atrás y apenas había yo terminado el breve capítulo donde me había quedado, se despachó con la misma naturalidad que el marido  y subrayó que en lo tocante a sonidos corporales, las japonesas han conquistado plenamente la igualdad entre los sexos.
       A esas alturas en la terraza del bar solo quedábamos ellos y yo, no descarto que como consecuencia de su estrategia de limpieza étnica. De fuera vendrán que de casa nos echarán, recordé escuchar durante mi infancia, y no estaba yo dispuesto a que España entera claudicase, así que en ese punto abandoné la lectura y me dediqué a refugiarme en mi interior y encomendarme a él, si bien no a la manera que hicieron los místicos sino en otra mucho más prosaica, aunque igual de difícil.
     La introspección tuvo éxito y, llegado el momento, guardé el libro en mi mochila, me incorporé, sonreí a mis vecinos y me acerqué lo suficiente hasta rozar su mesa y dejarles  sobre ella un concierto de viento que esperé que pudieran apreciar no solamente con los oídos.

     “Cuestión de culturas” les habría explicado si hubiese hablado japonés.