miércoles, 27 de julio de 2016

El cepo

Me llaman por teléfono y me dicen que por ser cliente de no sé qué banco me hacen una oferta de un seguro de salud, para que me cuide no sé si los dientes o las vísceras. Para que me fíe de ellos me dicen que me dan a probar dos meses y luego ya me cobran. Como para ver el condicionado completo me hace falta probar, digo que vale y al poco recibo mucha documentación y un correo en el que me dicen que soy un tío guay y que merezco un gran servicio.

Cuando pruebo el seguro de Adeslas (uy, he dicho el nombre) y leo el condicionado completo resulta que no me gusta y quiero desistir. Llamo al teléfono que me indican y, oh, sorpresa, desistir ya no es tan fácil. El servicio se convierte en servidumbre y tienes que repetir tus datos a una persona tras otra. Cuando le preguntas si él o ella (hay de las dos clases) te va a resolver el asunto, te dice que no, pero que para pasarte a otro que a lo mejor sí, tienes que bajar la cerviz y volver a decir quién eres y cuál es tu talla de camisa. Harto del pitorreo le dices al enésimo transeúnte del teléfono que escriba en la ficha tuya que pam, pam y se acabó, que no quiero juntarme más con ustés, que me borren, vaya.

Luego resulta que los dos meses se quedaron en uno y una pizca y que desde entonces la compañía se ha cobrado la pernada con puntualidad. Acudo raudo a La Caixa (uy, he dicho el otro nombre) y resulta, cuidado con esta, que ni el mandamás de la oficina es capaz de devolver los cargos que te han hecho con ton y son. No hay opción para retroceder los cobros. Adeslas te ha puesto un cepo en la cuenta corriente para que te cuides las vísceras o los dientes.

Lástima que no tengas a nadie de la compañía cerca para probar si muerden bien.