lunes, 25 de julio de 2016

La Caja Provincial de Ahorros



Paré a tomar un café que no me apetecía (casi nunca me apetece, aunque lo pida) en el único bar del pueblo. Cinco ancianos, un andador y un barreño con la colada me saludaron con una curiosidad tan gastada que ni siquiera parecía tal. Acababa de llover el diluvio universal y cuando esa luz metalizada de después de la tormenta empezó a filtrarse por la ventana, los tres que hubieran sido clientes en caso de haber consumido algo, salieron como caracoles (también tan despacio como ellos) al fresco de lo que quedaba de la tarde. 

La dueña del bar y la del andador, su madre, me atendieron como pudieron a lo que yo quería de verdad, que no era café sino conversación, y al poco me despedí con el café rascándome el estómago y el cuaderno de notas vacío de palabras con sustancia.

Pero, como siempre hay algo que merezca la pena ser visto o contado, a la misma puerta del bar me encontré con un cartel de otro tiempo, del tiempo al que pertenecían los mejores años de todos los ancianos vistos hasta entonces. “Mantén limpio tu pueblo. CAJA PROVINCIAL DE AHORROS”. 

¡Todo era tan antiguo! El emplazamiento publicitario de la chapa, un mueble metálico sin otra utilidad que la propaganda; el material del que estaba hecho, tan extraño en el hoy de las construcciones efímeras; el mensaje, tan propio de clases de urbanidad… y, claro, nada menos que la caja provincial de ahorros, esa suerte de banco de provincias del que pocos supongo que se acuerdan.

Media hora antes había parado en otro pueblo y había visto jugar a unos niños en unos sólidos bancos de piedra que llevaban inscrito en bajorrelieve el nombre de la “Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real” precedido de aquel logotipo un poco chusco en el que dos huchas redondas partidas por la mitad querían representar dos ces y más bien parecían dibujar dos tetas de pezones demasiado abultados.

Me pregunté si era la casualidad la que me había puesto delante de estos dos objetos o algún amaño del destino propio de ser contado en Cuarto milenio. Me pregunté si había viajado no solo en el espacio sino también en el tiempo porque salí de Cuenca con un sol africano y llegué al primer pueblo con el cielo plomizo de las grandes catástrofes y al segundo en medio de la granizada del siglo. Quizás había atravesado un túnel que me llevó cincuenta años atrás.

Cincuenta años después, o sea hoy, sugiero que las autoridades provinciales declaren Bienes de Interés Cultural o Reliquias Dignas de Protección la chapa oxidada de Graja de Campalbo y los bancos de piedra de Manzaneruela. Esas piezas (sobre todo la primera) son los hitos de la prehistoria financiera de la provincia, arrasada por la modernización y el mangoneo de inútiles metidos a poderosos, en el mejor de los casos. A las astillas que quedaron sueltas tras el enorme robo (de, en, entre, hacia, hasta, por, según) CCM se les puso el ridículo nombre de Liberbank, como si banco y libertad no fueran palabras contrarias, y en cuestión de semanas se habrá ido de Cuenca dejando unos centenares de parados más y un montón de edificios vacíos donde alguien puso hace unos meses que para seguir atendiéndoles con mayor eficacia, señores clientes, váyanse a la oficina del otro lado del barrio o, si quieren, a tomar por saco, que total el banco no gana nada con ustedes.

Supongo que para que alguien pueda escribir la historia de esa entidad financiera deben pasar los cincuenta años que parecen acreditar cierta independencia de juicio. Espero que por entonces algún doctorando de la ciudad (si quedan ciudadanos en ella) se meta en harina y ponga a cada cual en su sitio. Mientras tanto, los demás aquí seguimos, sin rechistar y sin dejar de pedir que nos ayuden con lo nuestro.