domingo, 3 de julio de 2016

¿Por qué perdimos contra Italia?

No sigo mucho la información deportiva. La especializada, si es que tal cosa existe. Sí he escuchado (más que leído) la generalista y, un cierto tiempo después de que el desastre haya ocurrido, todavía no sé a qué se ha debido.
          Antes del partido contra Italia, todos los periodistas estaban de acuerdo en que los jugadores españoles eran mejores que los italianos. Si acaso con la excepción del portero, en cuya demarcación podía admitirse un empate, nuestros peloteros eran mejores en todas las demarcaciones.
          Terminado el partido, todos los periodistas se apresuraron a subrayar que no había existido un problema de actitud. O sea, que los jugadores españoles se habían batido el cobre como los mejores guerreros. Que nadie dude que desde Piqué el levantisco hasta De Gea el presunto rijoso se curraron la victoria como si la necesitasen para comer al día siguiente.
          Si los jugadores eran mejores y además se batieron en el palenque como los más esforzados, la inmediata sería pensar que la culpa fue del entrenador, que puso a los jugadores a correr en el sitio inadecuado. Pero no. Eso no puede pensarse. Nuestro general no se equivoca. Nos ha llevado a la victoria tres veces seguidas, en Tesino, Trebia, Trasimeno, como el gran Aníbal, y está a salvo de toda crítica.   Anatema, si alguien sugiere que las cosas debieron de hacerse de otro modo.
         Aquel día no llovió, no hizo un calor del infierno, el césped no estaba deteriorado y no había rumores de atentados, de manera que tampoco el empedrado tuvo la culpa. 
          Por no tener, no tuvimos ni un árbitro ruin al que echarle la culpa.
          Así las cosas, la derrota ante Italia pasó sin causa, sin explicación, sin tener que pasar. O fue un error o -mejor- está a punto de entrar en el listado de misterios inexplicables, junto a las caras de Bélmez y la victoria de Rajoy.
          Lo que algunos periodistas imaginativos han dicho, por fin, es que la culpa es del cambio de ciclo, lo que resulta tan estúpido como decir que la corrupción de los políticos es culpa del sistema. En el mejor de los casos, eso no es una explicación sino una descripción: después de ganar tres campeonatos seguidos, se ha perdido el cuarto.
          Me importa un ardite lo que haya pasado y por qué haya pasado, pero me subleva el acriticismo con el que la prensa convierte a los peloteros de la selección en dioses victoriosos o, si pierden, en semidioses vapuleados por el destino. En otras sociedades más antiguas, el destino adquiría la forma de una espada afilada o un decreto de destierro. En la nuestra, quizás, necesitemos tanto de ellos que no podemos permitirnos nada parecido.