Si las condiciones no son adversas, la hierbabuena se extiende por los jardines con una eficacia sorprendente para el jardinero principiante. Una vez plantada en un lugar determinado, en poco tiempo afloran nuevas hojas a unos centímetros de allí y luego lo hacen un poco más lejos y después algo más todavía. En una temporada la planta colonizará una buena porción de jardín y, como sobrevive al invierno, puede ocuparlo todo en muy poco tiempo. Esto ocurre con otras especies menos gratas, como la grama, cuya proliferación sólo puede cortarse de raíz. Me explico. Si, para eliminarla, el jardinero arranca los tallos, descubrirá que éstos tienen su continuidad en un laberinto de raíces que se extienden por toda la superficie. Si tira de esa maraña y corta el laberinto las porciones de raíz que hayan quedado enterradas seguirán creciendo en el subsuelo y enviando a la superficie las hojas que necesita para respirar. La única solución que tiene el jardinero es levantar la tierra y extraer todas las raíces. Si no, la corrupción seguirá existiendo. Cada cierto tiempo el juez podará los brotes que más hayan crecido, pero no acabará con ella. En realidad, el juez no tiene en sus manos la solución del problema porque no le pagamos para eso. Quien tiene que acabar con la planta invasora es precisamente quien la pone en el suelo. Mal asunto, pues. Los tratados de jardinería dicen que la otra forma de acabar con la mala hierba es evitar que le llegue una gota de agua, pero eso se contradice con el concepto de jardín y, además, si fuese posible hacerlo, al primer síntoma de que se acabó la sequía, el mecanismo volverá a ponerse en marcha.
viernes, 30 de octubre de 2009
jueves, 29 de octubre de 2009
Promiscuidad y leyes
Publicada el 23 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
De niños, nos contaba un maestro que Dios había hecho agradable el rito de la reproducción porque, de lo contrario, las personas somos tan perezosas que habríamos acabado ya con la especie. Por entonces no conocíamos el caso de la mantis religiosa, cuyo macho sirve de alimento a la hembra después del coito. De haberlo sabido le habríamos preguntado si la cosa daba tanto gusto como para morir por ella, ya que ninguno sabíamos de qué diantre nos estaba hablando. Supongo que nuestro maestro nos habría propuesto distinguir entre el acto voluntario del hombre y el instintivo del animal, y con eso nos hubiésemos callado. Entonces, claro. Porque cabe argumentar que el plan de Dios tiene sus fallos ya que el raciocinio (necesario para disponer de voluntad) lo hemos utilizado para idear artefactos que nos permitan quedarnos sólo con lo guay del asunto, y esto al menos desde los egipcios, miles de años antes de que el tema fuera pecado. El debate de estos días es si la ley del aborto es uno de esos artefactos y servirá para aumentar la promiscuidad de las jóvenes (no sé si de los jóvenes) según leo en la prensa local. Si el resultado es que sí, que las chicas se lanzarán con desenfreno al fornicio ya que ahora la ley les permite someterse a una operación quirúrgica (médicos, enfermeras, anestesia, olor a desinfectante, sangre, dolores...) que palie los resultados de su desorden, ocurrirá que nuestras chicas no sólo habrán pecado sino que habrán decidido parecerse a las mantis religiosas, pero al revés y a lo tonto. O sea, que me parece que no, que el propósito de la ley no es reclutar almas para el infierno.
viernes, 16 de octubre de 2009
Caerse de la Historia
Publicada el 9 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Si Zapatero (o Caldera) pasa algún día a la Historia será por su idea de extender la protección del Estado hasta el desvalimiento de la persona, lo que no era sino la continuación de lo que ocurrió en el siglo veinte, cuando los partidos comunistas de las democracias europeas renunciaron a bolchevizar la sociedad y los partidos liberales se comprometieron a mejorar la condición de vida de los obreros hasta donde fuera posible. La contribución económica de los que ya no temían ser colectivizados permitió la educación gratuita, la seguridad social, las pensiones, el subsidio de paro y esas ventajillas que tiene vivir en un país rico (Estados Unidos es diferente: allí, el espíritu de llanero solitario se inyecta con la vacuna del sarampión y los camareros prefieren trabajar dieciséis horas cincuenta semanas al año con tal de no pagar con sus impuestos el médico del vecino). Cuando Zapatero tuvo su idea creía que el crecimiento económico era infinito e irreversible, de manera que era cuestión de hacer dos cuentas para que el Estado nos echase un cable incluso en los peores momentos de nuestro tránsito por el mundo. Pero no consultó a los expertos, que ahora dicen que el Estado sólo puede llegar a tanto si sube los impuestos o los jubilados pagan las medicinas. Esta noticia (más importante que la idiotez de Valencia, que sólo sirve para explicarnos por qué este gobierno sigue gobernando) significa que Zapatero está a punto de caerse de la Historia. Aunque el eslógan frivolo de la campaña podría ser «páguese las medicinas, que el Estado le paga la ecuatoriana», lo cierto es que nadie se atreverá a subir los impuestos con la contundencia necesaria. Más todavía cuando ya no tenemos comunistas que nos amenacen con los koljozes.
Un paseo en el metro
Publicada el 9 de octubre de 2009 en El Día de Cuenca y otros, supongo.
Perezoso como he sido siempre, cuando joven desarrollé una cierta capacidad para localizar el vagón del metro donde había asientos libres y la accesoria de saber colocarme en el andén para ser el primero que subiera al ingenio. Pero también es cierto que cada vez que conseguía un lugar donde posar mis posaderas, vivía un desasosiego interno que duraba, a veces, tanto tiempo como el que tardaba en abandonar el vagón. Ocurría que mi otro yo, el yo-buena-persona que consiguieron mis padres de mí contra todo pronóstico, se rebelaba y no paraba de buscar entre los pasajeros al inválido, la embarazada o el anciano a quienes debía ceder el asiento. Mi yo-perezoso luchaba contra esa pulsión y miraba a la negritud de los cristales o pensaba en las musarañas con tal de negar a nuestros ojos (los dos «yo» compartimos los órganos visuales, amén de todos los demás) la visión de lo que me haría ponerme de pie. El otro día, en fin, volví al metro y en mi interior se despertó la vieja habilidad de buscar el vagón menos lleno. Subí con la presteza de aquellos años y alcancé un asiento entre una ecuatoriana cuya hija regresaba mañana al transocéano y una mujer fea que roncaba con desenvoltura. Como ocurría entonces, mi yo cortés se lanzó a la búsqueda de inválidos, embarazadas y ancianos y ocurrió la maravilla de que, no habiendo nadie de las dos primeras categorías, no encontró en todo el vagón a ninguna persona que, por su edad, mereciera más que yo el privilegio de ir sentado. Así que cerré los ojos, satisfecho de no tener que enfrentarme conmigo mismo, y di dos vueltas enteras en la línea 5 antes de bajarme en Callao para ir a la fnac.
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