viernes, 15 de enero de 2010

Pegado a la realidad

Publicada el 15 de enero de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Últimamente he adquirido la costumbre de ver Telecinco a escondidas de mi familia. Por si me sorprenden en tan oscura costumbre tengo a mano disculpas sólidas. Por las mañanas es Arguiñano y por las noches mi inveterada costumbre de acostarme tarde, adquirida en mis años de estudiante. Por la noche es cuando escucho confesar a cualquier rufián vestido de domingo que es adúltero, drogadicto y bujarrón y que la mujer que lo escucha con una sonrisa de hielo le importa un pimiento, después de lo cual estoy seguro de que la pasta que le dan se la queda él solo, el muy mamón. Por la mañna no me cautivan las recetas de Arguiñano sino el programa de antes, en el que un grupo de veinteañeros de arrabal buscan llegar en público a un acuerdo para aparearse en privado (aunque quizás también hagan esto en público: tendré que estar atento). El programa tendría enjundia en tiempos de mayor recato pero no en los que corren, en los que jóvenes como los de la tele prescinden a diario de cualquier preliminar de los que despliegan en el plató. Pero me interesa conocer cuáles son las galanterías que se dedica el pueblo, hecho como estoy a leer las delicadezas de los escritores románticos. «Ahí va, qué tetas más grandes tienes», le dice el otro día uno a una, reclinados ambos en la cama con la que Telecinco sustituye los veladores propios de citas más tibias, y entonces se me cae la sartén de las manos (me estaba adelantando al cocinero) y miro y constato la verdad del aserto, el realismo del ganapán, la exquisita forma de unir halagos y realidades. Concluyo, en fin, que nada mejor que ver Telecinco para vivir pegado a la realidad