viernes, 21 de mayo de 2010

El asesor pobre

Publicada el 21 de mayo de 2010 en El Día de Cuenca y otros, supongo.

Si me tocase la lotería no sabría en qué gastarme el dinero. O compraría un montón de cosas inútiles o no compraría nada, temeroso de que abrir la mano en exceso me hiciese volver a la miseria demasiado pronto. Para todo hace falta tener práctica. Muchos personajes del «show business» se han convertido en vagabundos por esa impericia en el gasto. Al contrario, quien nunca ha tenido necesidad no sabe qué gastos son prescindibles. Alguien acostumbrado a la abundancia puede pensar que cuarenta y siete aeropuertos subvencionados, diecisiete televisiones autónomicas a modo de panfletos de los gobernantes o setenta y siete universidades, muchas vacías, son una inversión imprescindible. Por el contario, algún parado experto (o ese camarero eventual con contrato de cuatro horas que trabaja doce, a lo largo de las cuales escucha cómo los ricachones ponen a parir al gobierno en medio de los pantagruélicos festines del Rocío porque se ha quedado corto con los funcionarios) verá que algo se está despilfarrando cuando los sindicatos se anuncian en vallas y autobuses como si fueran un centro comercial, cuando hay ministerios enteros sin nada que hacer, sensato o insensato, cuando menudean puestos de trabajo atacados por un mal semejante, cuando cada inauguración (ya lo dije) concita a centenares de personas cuyo trabajo parece ser ese, o cuando la mordida a la organización de fastos o a la contrata de servicios hace millonarios a decenas de mangantes sin que el desfalco se note de inmediato. Definitivamente, el presidente necesita despedir a los actuales y contratar por poco dinero a un equipo de consejeros pobres que devuelva la cordura a este país. O si no aún conoceremos tiempos peores.