miércoles, 25 de diciembre de 2013

Adiós, Cataluña, adiós

Del «dirán lo que quieran pero son españoles» al «que se vayan si quieren y que nos dejen en paz» hay todo un cambio social en esta parte del país. Perdonen la sociología de andar en zapatillas que utilizo, pero es la que tengo a mano. La primera frase era la que aplaudía la mayoría de los estudiantes de Secundaria (de los míos, claro) hace diez o veinte años cuando sometía a discusión el «tema catalán» para introducir los estudios sobre el nacionalismo. La segunda frase es la mayoritaria hoy en día.
    Que dejen de hacerse las víctimas, de amenazar, de dar la brasa. Que ya estamos hartos.
    Es evidente que la opinión que verbalizan estos estudiantes es la del mundo adulto que los rodea, y me parece que, aunque no pretenda elevar la anécdota a categoría, no me equivoco si doy cierta validez a esta nueva manera de entender la situación que se está abriendo paso fuera de Cataluña.
    Que se larguen, que nos dejen en paz a los demás.
    Cataluña terminará siendo un Estado independiente de este arreón o del siguiente, mientras que los intentos de los populares y los socialistas de buscar palabras, conceptos o nuevas riadas de dinero que ahoguen de momento el secesionismo, se estudiarán algún día como el patético intento de los viejos políticos por aferrarse a las estructuras que creó la generación anterior. Por entonces, el mito de la Constitución se habrá caído y en lugar de la altura de miras de aquellos viejos padres de la patria se citará más la candidez de la que hablaba Guerra hace unos días, que acusaba de deslealtad a los nacionalistas, como si los de hoy estuvieran obligados a suscribir lo que hicieron los de antaño.
    En cambio, tanto la opinión de Guerra sobre la transferencia permanente de competencias del Estado en general y la de Cospedal referida a la educación en particular y, sobre todo, la organización de un sistema electural que les concede la bisagra del poder por lo menos una de cada dos veces, es ponérselo a huevo, y favorecer que sean los políticos los que tiren de la sociedad y no como es más frecuente que ocurra: recordemos el divorcio, el servicio militar o las reivindicaciones sociales en general.
     Si, además, una parte no pequeña de la izquierda sigue viviendo en los forrenta años de Forges y se empeña en identificar el progresismo con la independencia, no queda más que hablar.
    Como decía un viejo amigo mío, cosa hecha no corre prisa...