miércoles, 15 de enero de 2014

El fin de las tiendas



El bullicio que asociamos a la vida urbana está muy relacionada con el comercio. En las ciudades del Tercer Mundo con el comercio callejero de objetos baladíes y en las del mundo desarrollado con el comercio organizado en tiendas y almacenes luminosos y atractivos.
     Si eso es realmente así, sospecho que la del futuro será una ciudad casi vacía, ocupada solamente por los trabajadores en tránsito y los niños que van camino de los colegios y de los parques. El resto serán furgonetas de empresas de mensajería repartiendo paquetes.
      El comercio electrónico crece sin parar. Cada vez quedan menos personas reticentes  a mandar al más allá los datos de su cuenta corriente, de manera que crece el número de quienes se abren a una experiencia nueva. El placer de darse un paseo para ver un puñado de escaparates se sustituye por el de visitar tiendas virtuales, casi infinitas. Aquí  los objetos no se pueden tocar pero aparecen mucho más deseables. Vestidos o relojes se presentan de forma lujuriosa, sin los ruidos con que la realidad los contamina, y el efecto visual de la cartelería o el escaparatismo es sustituido con ventaja por las cuidadas presentaciones que consigue la electrónica.
     El otro placer de la compra, el de hacerse con el objeto más barato de la ciudad, es sustituido por el mucho mayor de comprar el objeto más barato del mundo. No de la ciudad ni del país, sino del orbe. Cada cuarto de hora recibo un aviso en el móvil de que un nuevo miembro se ha añadido a un foro donde se discute el hallazgo de un tienda que vende productos electrónicos  a un precio al que posiblemente  los minoristas españoles no puedan comprar  las tabletas que venden en sus tiendas.
     El privilegio, en fin, del arrepentimiento, que han conseguido los consumidores cuando han alcanzado el estatus de grupo y, por lo tanto, la capacidad de presión, está garantizado por ley en el comercio electrónico y los grandes distribuidores hacen sentirse reyes a los compradores cuando ponen en la puerta de su casa a un transportista que se lleva gratis aquello que adquirieron la semana pasada y ahora no les gusta.
     La conjunción de los tres fenómenos -disfrutar con la compra de un objeto por el que nos sentimos atraídos, hacerlo a un precio inmejorable y conservar la posibilidad de la devolución sin dar explicaciones- convierte en irrelevante el hecho de no poder poseer de inmediato el objeto por el que nos sentimos atraídos.
      No obstante, las grandes empresas de distribución acortan esos tiempos de forma acelerada y veinticuatro horas es tiempo suficiente para que una cadena de reloj viaje de una punta a otra de España y cinco días para que llegue desde el Lejano Oriente.
      No quedan muchas razones para lanzarse a la calle a comprar. El comerciante con capacidad de torcer la voluntad del más tacaño hace ya mucho que desapareció. Los conocimientos que puede ofrecer un vendedor experto no son superiores a los que posee un consumidor que sepa leer y se entretenga en consultar las especificaciones de un producto mientras toma un café en el sofá de su casa. Las grandes firmas empujan al comprador a comprar desde casa abriendo nuevas divisiones y publicitando en sus tiendas físicas su comercio virtual.
     Apenas quedan sectores que puedan quedarse al margen de esta corriente y, sin duda, antes o después se sumarán y desaparecerán lo que ahora parecen obstáculos enormes.
     La nueva ciudad está a la vuelta de la esquina. Si las empresas de mensajería sustituyen las furgonetas por los drones estaremos más cerca de ese futuro que imaginábamos el siglo pasado, cuando creíamos que el progreso vendría montado en coches  voladores.