martes, 15 de septiembre de 2015

El toro

Comprendo la alegría del chaval que ha matado al toro de Tordesillas. La comprendo porque ha vivido en esa ciudad desde que nació y allí se corona con laurel a los que acaban con un animal moribundo. Pero si vemos sin el desapasionamiento del paisanaje la manera en la que el toro cae muerto, rebozado en su sangre, después de ser linchado por una multitud, no podemos sentir el orgullo de ese chaval sino un sentimiento formado de tristeza y asco a partes iguales. Ninguna muerte tiene nada de glorioso.
     Desde hace un par de años se ve llegar el fin, probablemente definitivo (gracias al programa de Julia Otero sabemos que ya Franco la prohibió y pudo mantener el veto tres o cuatro años)., de esta costumbre tan fuera de la sensibilidad de nuestros tiempos  El partido animalista ha conseguido convencer a las televisiones de que merecía la pena cubrir un acto en el que estaban dispuestos a dejarse partir la cara en directo y el partido socialista ha entrado al trapo de una reivindicación que no se sabe por qué tiene que ser patrimonio de la izquierda. Desde Marx hacia adelante bastante han tenido con asegurar la igualdad entre los hombres como para detenerse en el cuidado de las bestias (de los de cuatro patas, quiero decir). Mientras Rajoy se fuma un puro mojado en brandy, Sánchez hace cuentas de las gallinas que entrarán y las que saldrán.
     Con y sin esta costumbre que yo considero vitanda, el mundo de los toros en general está a la defensiva. Nunca los toreros han tenido que defender la legitimidad de lo que hacen, y si lo defienden ahora es porque sienten que, como a los astados, alguien les está picando la parte alta del lomo. Las décadas siguientes nos depararán una lucha apasionante entre los amigos de los animales y los amigos de matarlos entre el regocijo público. Será de ver cómo si alinean las fuerzas tradicionales antes este desafío, aunque el resultado final no solo es incierto sino que está muy lejos.